Vectorialidad en el collage digital post-millennial

"«Dar forma a las libertades» es una manera interesante de pensar en la estética, especialmente en lo que se refiere a las de auto-artificialidad humana" - Lucca Fraser

El ornamento se inserta actualmente como un enemigo declarado del minimalismo oficialista y sus reducidas directrices políticas. Lejos de las antiguas fantasías barrocas, ahora (hace rato) la sencillez, pulcritud y estérilismo dominan el imaginario hegemónico, permeando los distintos niveles de expresión en una escala variable de grados que en su inconsistencia es capaz de abarcar aún más terreno, sanitizando eficientemente la imaginación. Una aberrante operación psíquica que ataca nuevamente con la trampa del gusto. El ornamento es la mancha, la suciedad imborrable que se aferra despiadadamente, un parásito mugriento a ser eliminado que se resiste desesperadamente a desaparecer y busca propagarse acoplándose simbióticamente a distintas entidades. No un todo, solo una parte 
menor. Una prótesis desechable junto al resto de dispositivos con su inutilidad programada desde un inicio. En una era de producción de información en cantidades y ritmos abismales, una versión amputada del minimalismo busca imponerse como héroe y estrella guía.



Adolf Loos en Ornamento y Delito asociaba la pasión humana por la decoración con los tatuajes primitivos y la conducta criminal, como una delimitación de un espacio abyecto. El salvajismo y la marginalidad transitando en la estrecha hábitat pareada de la decoración. No entraremos en una historia del ornamento, pero hace tiempo que vemos el desarrollo progresivo y por niveles de esta situación, por ejemplo, en las estéticas arquitectónicas suburbanas, incluyendo el viraje estético covidiano que se produjo estos años, y de los barrios altos contrapuestas a la explosión estilística de los centros urbanos (pensemos en esa belleza que es la disonancia epocal marcada en distintos sectores del centro de Santiago, sobre todo Baquedano, o en las construcciones de Las Vegas) y el antiminimalismo de las clases obreras (tanto el que se les ha impuesto como el que han sabido hacer propio). En esta situación, el ornamento es un excedente que se busca tener bajo control a la vez que una potencialidad clara de diferenciación. Por supuesto, esto no se limita a los lugares físicos, sino que también se extiende a quienes viven regularmente en ellos y las proyecciones que hacen de estos espacios en el plano material y virtual. De más está decir que no siempre ha sido así y que la hegemonía no es estática, se redefine según una necesidad de sustento cambiante, por lo que un siguiente giro (e inversión) sin dudas aguarda en el centro de la ficción histórica. La opulencia se muestra y vela según mecanismos condicionados por una serie de factores encadenados. Podríamos pensar en cómo se visten los millonarios de la actualidad. De todas formas, por el momento no tengo interés en desviarme por ahí.


Muchas producciones gráficas contemporáneas han nacido bajo este alero, muy a su pesar, a la vez que también han sido alimentadas por la cultura del scroll infinito, la resistencia de la web 2.0 y la producción informática cyberindustrializada, lo que desplegó algo que a ojos de hoy nos parece sencillamente inevitable: el levantamiento de un puente de retroalimentación. El collage digital y el Net Art del siglo XXI que entran bajo nuevas poli-categorías (que aceleradamente recombinan y subvierten) como WeirdcoreXpiritualism, Dreamcore y Glitchcore, entre miles de otras (incluyendo esta), se entremezclan con las complejidades meméticas culturales de los espacios liminales, las cursed images, el realismo TikTok, la sonoridad de bits reducidos, el esquizoposteo y la proliferación de stories en cada red social (sin contar el maximalismo desbordante de muchas de las imágenes generadas por inteligencia artificial que se incorporan a la síntesis que hacemos del mundo a través de la mirada). Si emerge algún tipo de aproximación a lo que podría ser una guerra gráfica, la avanzada respondería a través de una insurgencia horror vacui molecularizada que rechaza el encarcelamiento type beat. Se eleva una macroestructura de texturas, patrones, mallas, urdimbres, retazos y grietas que aparecen como elementos a considerarse de forma amplia, (experi)mental y procesual, al igual que el empleo del pegamento, la cinta, la superposición, la transparencia, la fusión, el acople, la mezcla y el ensamblaje (todos mecanismos que ya llevan más de un siglo como lenguaje común en las vanguardias artísticas, pero que se hace necesario reevaluar en sus proximidades actuales (multi)contextuales), un cúmulo de prótesis en resistencia a la obsolescencia programada a través de arabescos, mosaicos, teselaciones y módulos que se reproducen frenéticamente, viralmente, con apoyo en distintos sistemas de códigos que no se limitan únicamente a los lenguajes de programación. Orgánico y sintético a la vez, pues clama que no hay diferencia alguna, voltea a GNON (o le revitaliza). El Cottagecore acontece y se experiencia en su intensidad plena solo a través de dispositivos. Nada es ornamental, todo está permitido.


Por supuesto, tampoco hay que pasar a polarizar y luego a moralizar ingenuamente (además de que hay que considerar que estas divisiones nunca son tan absolutas como nos gustaría hacer creer ese mal de la categorización que tan hondo ha encontrado hogar en nuestro interior y que se refleja claramente en el párrafo anterior). Hay situaciones que sencillamente nos atraviesan y se nos aferran, ante las cuales no podemos dejar más que poseernos. Lucho contra los límites del lenguaje al verbalizar la experiencia sublime que tuve al visualizar por primera vez el logo actual de Dunkin', por ejemplo, el cual no hace más que seguir una agotadísima tendencia corporativa aún vigente y no menos despreciable que el nuevo estilo Memphis. Y a pesar de eso, algunas cosas simplemente nos acontecen o nos objetualizan y apresan con su mirada. Además, la idea hegemónica sobre el minimalismo que impera hoy en día no es la única posible (existe ahí una tarea importante de la que solo podría encargarse una colectividad abstracta). Pero no, no, no se trata de nada de eso, ni mucho menos de descuidada neofilia. Se trata de mirar o hacer aparecer con la mirada las fuerzas que lentamente surgen en este panorama, vislumbrar lo que sucede con estas distintas direcciones que entrechocan, entrecruzan y divergen, y dar cuenta de hacia qué posibilidades apuntan o podrían apuntar (una especie de cibernética especulativa gráfica aún indecisa). No tanto trazar vectores como dejar que estos nos tracen y así poder caminar, siempre bajo el cobijante corazón de la incertidumbre. Un corazón de bestia. Un corazón flâneur que es furry-kawaii y pixie-guro a la vez.


Existe una cosa, una situación, que se mueve de manera autónoma y que hace de cada intento topológico nuestro un ejercicio inútil. Sin embargo, algo es capaz de aparecer en ese ejercicio. Una dialéctica está (siempre estuvo) en curso en este momento. A veces lo único que hace falta es la capacidad de calibrar la visión y afinar la mente en resonancia con su propia corrupción para abrir las compuertas de la represa. Quizá haya que redefinir por completo ese "nuestro" (tanto a quien hace referencia como a su dirección y relación). El régimen de la cuadrícula es una novedad despreciable y las mismas líneas que las forman son su condición de descomposición. Aunque no lo sepan de forma razonada, la intuición de los habitantes de la cripta, en conjunto con un potente impulso memético, los ha encaminado por ahí y depende de como puedan instrumentalizarse (o dejarse instrumentalizar) el poder fisurar el momento o eso que se hace llamar a si mismo "el ahora". Y si bien se hace frente a algo de magnitud global, la acción de diferentes particularidades (individual, local, poblacional, planetaria, glocal) es lo que conforma al único sujeto realmente posible y capaz de, en su propia indeterminación, suceder. Es único porque es muchos y su ser es la pura traición al concepto mismo de ser. Si finalmente nos abismamos en el vacío sin aprovechar su capacidad transformadora, si nos atascamos sin cruzar su umbral, si lo hipotético no sabe, o no logra a pesar de saber, actualizarse, que los inquietos rastros ectoplasmáticos de sus espasmos sirvan de alguna forma para la arqueología futura. 


Desglosando estos conflictos aún en desarrollo aparece lo inquietante, por necesidad híbrido, que nos moviliza. La búsqueda de corromper el cuerpo como forma de convertirlo en imagen pura (no cuerpo-imagen ni cuerpo-marioneta-de-la-imagen), diseñar estética no-estática, que es lo mismo que acercarlo a un inhumanismo productivo con aquello que está implicado de alguna forma u otra en la maquinación celestial de las entrañas. Volverse aberrante. Cambiarle el significado, porque lo realmente aberrante es el bloqueo neopuritanista que pulula con fuerza en todas las esferas que transitamos. Que la humillación se vuelva una forma de salvación-superación (siempre allá, lejos, nunca directamente bajo los pies). Ni post, ni trans, porque la superación autista que eróticamente nos atrae con fuerza es inmanente al afuera contenido en el interior. Nuestra parte de noche. Una parte que se corresponde completamente con el todo. Infinito y vacío.  El 11 del satanismo anti-cósmico se sobrecarga. No 1 + 1 = 2 en su formula acausal antidemiúrgica (2/11), si no que simplemente 1 - 1. Retorno a 0.

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