Ahogarse en el gusto: sobre apreciaciones en el arte
El buen gusto, y la preciosa esfera brillante que abarca, es una cosa delicada y frágil reservada especialmente para marchands, galeristas, expectadores estudiosos, curadores, académicos y tantos otros aseados personajes que juran moverse con fina elegancia por el mundo, transitandolo como si de un paseo de domingo después de un atiborrado almuerzo de varios platos con una numerosa familia se tratase. El buen gusto es para quienes toman solemne y pulcra distancia en el espectáculo, observadores de vinoculares, quienes temen ensuciarse, el más terrible de los horrores, y jamás hicieron algo que les pusiese mugre alguna bajo las sanitizadas uñas, con las manos cubiertas de guantes que desechan y queman inmediatamente después, independiente de su factura. Es para quienes se ponen por encima, en sus altares y grandes cámaras, de forma asceptica, tranquila y cómoda, con sus copiosas herramientas, y posan sus ojos llenos de juicio escaneando un placer esteril. Para estudiosos de bata e indumentaria especializada, de libros sin manchas, sin marcas en las páginas ni dobleces en el lomo, de experiencias lo más mediadas posibles, cortadas, fraccionadas y empobrecidas. El buen gusto es una cosa coartante, negadora y repugnante. Es un hospital con apariencia sanitizada que esconde las virulencias más horribles. Una enorme cloaca por la que se repta.

Pero el mal gusto, o lo que se ha llamado así, tanto como un designio lleno de desprecio como un acto enormemente reaccionario, no es distinto: es una trampa. No es una contraparte, por muy atractivo y seductor que pueda parecer mirarle así, solo es una extensión, otra mirada que se cierne sobre el cuerpo y escrutina de forma clínica, el otro brazo que se abalanza y aprieta de la misma forma. Un trampa bajo la cual caen fácilmente artistas ávidos de intensidad y jóvenes desechados y llenos de sueños de revolución, otro uniforme hecho a medida para calzarse y vestir con orgullo, con dignidad, para quienes tienen los ojos brillantes de ilusiones (aunque niegen rotundamente tenerlos). Si tu mal gusto es nuestro buen gusto, si nos movemos únicamente de forma reaccionaria, todavía dentro del área oficialista y sus designios, nada ha cambiado. Nos mantenemos de forma estática, nos subimos a un vehículo que no va hacia ningun lugar. Elevar un nuevo buen gusto, por mucho que se crea propio, o abrazar un puro mal gusto sin pudor alguno, parecen más ejercicios inútiles y poco efectivos, disparos al aire que no llegan si quiera a retumbar en algún oído. Revolver etiquetas y revolcarse en lo que se nos ha señalado como mal gusto o buscar reificar nuevos goces de ninguna forma podría ayudarnos a contrarrestar esta infección que carcome cuerpos tan ansiosamente, sin importar cuanto nos llenemos de mierda, sangre y vómito, por mucho que nos colmemos de lo puerilmente excesivo y de las manchas de lo cotidiano, del la satisfacción en lo naif, la honestidad discursiva y la baja fidelidad material, todas zonas desgastadas y llenas de polvo, salas de espera desesperanzadoras cooptadas hace décadas con espejos que lo único que reflejan son espectrales telas de arañana deshabitadas.
But the heroes are gone and all that's left is you and me
[...]
All that's left is you and me and here we are nowhere
Entre el buen gusto y el mal gusto, ambos inhibidores y con gran fuerza de restricción, prisiones sobre todo en sus formas populares, prefiero el gusto a secas, la experiencia total y absoluta del gusto, es decir, clamar la experiencia del gusto por completo, en todas sus formas posibles, inhundarse en su flujo, ahogarse profundamente y de inmediato. ¡Ese si es un exceso digno! Una gestión efectiva del placer y el deleite, del gusto disuelto en lo indefinido, como una borrosa nebulosa. Bañarse en los límites, barrer las definiciones, demoler paredes, empujar cadáveres, evitando caer en el simple juego, bastante conservador a estas alturas, de celebrar con balas y bailar llorando, de llenarse de excremento en eventos solemnes y vestirse de frac en los lugares más rancios y pútridos. Abandonarlo todo, darlo vuelta, salir y entrar, vivir conectando y desconectando cables ante el monolítico módulo que se nos pone en frente: la vida misma. Cada quien encontrará en su propio proceso, que de todas maneras se entrecruzas en varias zonas con el del resto, una forma de extenderse sobre las posibilidades que se nos presenten y más allá de ellas, viviendo el gusto como una búsqueda sin objetivo alguno y sin fin posible. Dejar las puertas y las ventanas abiertas para que entren los ladrones y sentir el asalto en todo el cuerpo, volverse una escena del crimen.


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