Batallar contra el confort es algo difícil. Después de todo, es algo que no pide nada de ti, algo que te recompensa por no intentar y quedarte siempre en el mismo lugar. Es tranquilizante, tu visión de mundo se queda estática y sin ser desafiada. Pensar en otras posibilidades requiere un esfuerzo que no siempre es agradable de hacer. ¿Para qué considerar otras cosas, situaciones que están lejos, si no tienen nada que ver conmigo? Como si siempre fuésemos la misma persona. Como si tuviésemos una identidad fija que necesitamos proteger a través de la no exposición y el aislamiento. Como si nos conociéramos tan bien y no requiriésemos de nada más, con las lecturas ajenas desechadas totalmente porque no somos capaces de encontrar valor en ellas. Y si por un misterioso soplo de valentía algo de atrevimiento aparece, muchas veces la ironía sirve de escudo separador. La distancia irónica permite que la cobardía se sienta segura, que las apreciaciones sarcásticas nos hagan acercarnos al sujeto sin tener que tocarlo, manteniendo cierto grado de pureza que por ninguna razón podemos perder (las manchas se difícilmente se quitan y el juicio ajeno no perdona). La risa y la burla hacen que podamos mantener nuestro sagrado lugar por encima de aquello que desconocemos, como quien revisa un video de YouTube sensacionalista o un post en Kiwi Farms u otro foro similar. "Miren qué locura, miren qué sórdido. ¿Por qué hacen eso? ¿Qué les ocurre?" Preguntan vacíamente sin ninguna verdadera gana de inmiscuirse. Patético es lo mínimo que me parece.
Pero sin salir del confort autocomplaciente se hace difícil el poder descubrir y crecer. Sin riesgo, a veces se vuelve complicado el poder ganar algo de una experiencia. ¿De qué sirve adentrarnos en el mundo si vamos a estar cubriéndonos con una capa de pulcritud constantemente, viviendo con miedo sin sacarnos los guantes? ¿Qué nos estamos ocultando, qué necesitamos esconder? ¿De qué nos estamos protegiendo realmente? ¿De lo extraño, de los incorrecto, de lo inmoral? Cosa sencilla y acorde a los tiempos cuando en 2025 la censura en internet es rampante: creadores de contenido evitan mencionar ciertas temáticas o palabras por el miedo a la censura o la desmonetización, sitios como Steam o Itch.io dan de baja a una gran cantidad de juegos, los fandoms se hacen pedazos por shippings problemáticos o por representaciones en la media que consideran incorrecta. Todo está más sanitizado que nunca, al menos en el mainstream, y los sospechosos habituales se vuelven blancos aún más deseables que de costumbre. ¿No es más interesante afrontar con honestidad aquello que nos remece y transformar nuestro rechazo en curiosidad sabiendo que hay tanto allá afuera esperándonos?

Una gran parte de la comunidad furry es inmensamente
autoconsciente de su imagen. Esto es porque se ha acostumbrado a las
representaciones injustas en la media y al juicio de mala fe por parte de su entorno. Se categoriza rápidamente a los furries de desviados sexuales,
autistas mal adaptados, fetichistas y
zoófilos. Sinceramente, la única categorización que me molesta es la última y es la única que me interesaría desmitificar. Con el resto, no tengo ningún tipo de problema. Lo abrazo. Después de todo, es común la imagen de la persona furry que reniega de todo lo ligado a lo sexual para decir "yo estoy bien, no soy como ellos" o que tiene complejo de salvador y busca cualquier espacio en los medios para decir "¡No somos así!". Pero la verdad es que una porción no menor de la comunidad efectivamente utiliza el arte furry como medio de investigación y expresión sexo-afectiva e identitaria, para sublimar deseos o ingresar en fantasías, y esto no es un asunto que esté mal de por si ni que sea ajeno al mundo, a la historia del arte ni a la de otras comunidades. No hay problema con utilizar avatares, máscaras o personas diferentes en contextos distintos para ir escarbando al interior nuestro. Hacer caos por ello nos detiene de adentrarnos y comprender la cercanía que tiene con el desarrollo y expansión de los medios artísticos y literarios y su fascinación por lo monstruoso, por el romance abyecto, por las bestias, los dioses que se transforman en animales, las mujeres y hombres que dejan de lado su humanidad y sufren un cambio físico y psicológico, entre tantas otras narraciones que nos sobrepasan en tiempo enormemente y ya se han instalado culturalmente a través de la repetición. No estamos ante nada nuevo. Este es un proceso que lleva siglos.
Que un entorno social ligado a las artes gráficas y escritas tenga una cantidad importante de contenido donde lo sexual aparezca es algo esperable de numerosos colectivos, no solo de fandoms cultivados en internet -donde secciones dedicadas totalmente a contenido adulto suelen ser bastante comunes-, sino que de cualquier grupo social maduro que se congregue. Lo sexual es un aspecto más de la humanidad y por supuesto que va a ser parte de la experiencia de lo humano mismo. Sería ilógico suprimirlo. Sucede en la música y el cine, sobre todo en géneros que son mucho más abiertos al respecto (como el rock, el post-punk, el metal o el no wave -en ambos medios- y el
cine de transgresión), en la literatura y otras expresiones humanas, pero es mucho más fácil
escandalizarse cuando el foco se trata de animales antropomórficos caricaturizados, con asociaciones infantilizadoras, y que pertenecen a un nicho que en ciertas ocasiones se infiltra en el mainstream accidentalmente o con intenciones morbosas. Googleas, encuentras lo más raro que puedes pillar y lo exprimes lo más que puedes. Incluso si encuentras manifestaciones, normalmente fetiches, que
no son necesariamente propios del medio furry. Porque, aunque no los creas, los pervertidos están en todos lados. Están en los comentarios de YouTube shippeando personajes que se detestan, escribiendo por Twitter sobre el erotismo inherente de las computadoras o narrando en blogs con pocas visitas sobre temas de un nicho a mal traer. Conviven contigo día a día mientras atraviesas la red. Por algo una de las "reglas de internet" más famosas es que
hay porno de todo. Y si entendemos "perversión" en su sentido más concreto, es un comportamiento humano del que quien lee tampoco está lejos, me atrevo a decir. No hay necesidad de fingir pulcritud acá, no ganamos nada con eso. Solo el sofocar la vida propia a través de la negación del deseo.
La persona común (entiéndase,
normie) lee la palabra furry y piensa de inmediato en sexo, en cosas que aparecerían en
e621 o
kemono.su y que luego se filtran a reels o videos de cualquier otra plataforma, porque es lo que es más fácil de sensacionalizar, banalizar y viralizar. Como cuando antiguamente la palabra manga era automáticamente asociada con el hentai. Es lo que activa la conversación más sencillamente, sin ningún esfuerzo, sin honestidad de por medio, solo con la intención de rellenar un espacio vacío con basura. De repente, todo un grupo de personas -pensadas como abstracciones más que como seres humanos categóricos- responde tan solo a eso que me imaginé casualmente, a esa idea que caprichosamente me hice. Y al incluirse lo animal, seguro hay un componente de
zoofilia, piensan, dicen, escriben, sin entender que es algo rechazado abiertamente por la comunidad. Eso es sin duda algo de lo que causa más morbosidad en el
turista cultural. Pero, nuevamente sin duda, se trata de
todo lo contrario. El arte furry, y no solo el que incluye contenido sexual, está interesado profundamente en lo humano y se fascina por sus sujetos justamente por su humanidad, por la persona que se construye con cuidado y se inserta decididamente en una colectividad. Por su sicología, por sus comportamientos, por la performance, la manera de actuar frente a nuevas normas, de estirarlas y aprovecharlos según los diferentes entornos que llegue a transitar esta nueva criatura. Es un juego con la identidad -por algo hay una importante
presencia LGBT+ en la comunidad- y con lo experiencial, lo sensorial. Nace desde nuestra posición cómo referentes ante el mundo y su tensionamiento. La antropomorfización es un facilitador de identificación tanto como un dispositivo de extensión identitario para la autoinvestigación de una manera más cómoda. ¿Qué otras formas puede tener el placer? ¿Cómo puedo tensionar el tacto? ¿En qué otros seres u objetos me puedo reflejar? ¿A qué otros lugares puede lo humano aferrarse? ¿Qué sucede cuando me enfrento a algo ante lo que no tengo costumbre? ¿Qué sucede si el miedo y el dolor entran en disputa? Los rasgos exagerados, la difuminación de los límites, la ambigüedad, las nuevas propuestas, son un elemento común de lo erótico no ajeno a otras expresiones como el ya mencionado hentai, el porno o la literatura erótica general. Se trata de una exaltación de la realidad. De un aumento en la intensidad de la experiencia. Hay un componente lúdico y de misterio que ayuda al indagamiento personal. Por eso la
transexual furry -como la que escribe- no es sujeto extraño en ese mundo. El ser furry se vuelve una
tecnología de género al igual que el tratamiento hormonal, aunque con distinto propósito. Es la búsqueda de la pertenencia en un esquema enorme a través de la animalidad y la comunidad. Porque como grupo, si los furries son fanáticos de algo son de la comunidad misma.

Los
fandoms en general son atravesados por grupos de diversas edades, aunque más destacablemente jóvenes, siendo estos utilizados como un espacio de liberación en el que pueden desencajarse un poco de quien son en el cotidiano para adoptar otras formas de ser y parecer. No solo por el role playing, los avatares o diferentes códigos de conducta, es el ambiente mismo el que funciona como una zona aislada que facilita pensarse de forma diferente. La necesidad de crear comunidad termina acercando a gente con gustos afines que inician procesos especulativos en conjunto, reafirmando sus identidades y encontrando un camino a través de mecanismos como el fanart o el fanfiction, medios que aún luchan constantemente por
validarse, pero que sostienen rigurosamente estas zonas. Encuentran un modo de poder escribir su propia historia (a veces, literalmente). No por nada gente que se considera oprimida por temas de género, clase, raza, entre otros, orbita fácilmente estos lugares. Aparece una oportunidad de poder, de control sobre como se me mira, de proyección sobre lo que quiero ser. Una apertura sobre lo que puede ser posible en el mundo. De sentirme cómoda en la diferencia, de gobernar mi entidad, de domarla para luego darle rienda suelta en nuevas oportunidades de libertad. Es un florecimiento.
Estos ecosistemas funcionan como canales de comunicación donde las posibilidades identitarias existen de manera extensivas e intensivas. Mi carne no es una prisión, es una tabula rasa. Desde ella empiezo yo a armar algo nuevo. Empiezo a definir nuevos medios de relación con el entorno. Me apego a otras maneras de sentir. Pelaje, tacto, viscosidad, sudor, tensión, difusión, mordisco, golpe, rasguño, ansia. Y esperamos lo mismo del resto. Estamos todas en un espacio donde se permite una investigación necesariamente colectiva y paralela. No atravesamos esto en soledad. Se genera un grado de complicidad que da apertura a cierto sentido de libertad. Podemos encontrarnos en nuestra animalidad. Se genera una comodidad que no se siente posible en otros lados. La comunión con la animalidad nos repersonaliza en un nuevo animal social. Nos volvemos capaces de tener control sobre la otredad caótica. Encontramos un espacio donde no solo se acepta sino que se incentiva ser otro. Donde los límites de los monstruoso comienzan a ser estirado.

La teratofilia se define de manera simplificada como la atracción hacia los monstruos. Criaturas envueltas en misterio, representantes de lo ajeno, que se vuelven un foco de deseo que permite explorar las más intensas pasiones, los romances más honestos, la cercanía con lo prohibido, el riesgo y el terror. Los monstruos nos llaman porque desde el miedo y el misterio poco a poco florecen otros sentimientos al ser enfrentados o por lo menos escrutinados tímidamente. Porque nos permiten entregas que de otro modo no serían posibles. La posibilidad es la clave. La extensión de lo posible, la expansión de la imaginación de una manera flexible, el crecimiento del corpus sexual y afectivo para considerar lo que hasta entonces no podíamos mirar. Una fantasía que reposa en los límites y que puede tomar cualquier forma, donde incluso el espanto puede transformarse en excitación. Donde el amor se acomoda a otros preceptos, donde es posible aceptar partes oscuras que en la cotidianeidad permanecen escondidas, ocultas, o donde podemos hacerlas emerger.
En la película The Shape of Water brilla la textura, el sonido viscoso, las respiraciones entrecortadas, los dientes mordiendo, la piel tensa, con la referencia a lo táctil haciéndose importante desde muy temprano como elemento narrativo. Ante el mutismo de nuestra protagonista, Elisa, ponemos consciente atención en el resto de los sentidos y como estos leen el mundo. La conexión a través de un vidrio, cristal separando agua y aire, ventana de bus con lluvia goteando, exaltación alimentando las ganas del tacto directo y la unión, los músculos palpitando, las miradas siendo sostenidas. Corriente de pensamientos. La espera con el cuerpo tieso, las manos temblando, el líquido en el cuerpo, en los labios, la lengua y los dedos. Un énfasis sensorial que nos hace leer la película con más que nuestros ojos y oídos, que nos hacer leerla de manera háptica. Respiramos, devoramos, olemos, rasguñamos. Se rompen los esquemas y se plantea un plan antes inconcebible. Se realiza una afrenta social. Monstruo contra monstruo encontrándose. Aceptación nacida desde el rechazo. En contraparte, tenemos ejemplos como la novela visual Saya no Uta, en donde los tentáculos viscosos, el olor intenso y la carne putrefacta son velados por una apariencia inocente e infantil, donde existen insinuaciones, guiños y desvíos, con el protagonista, Fuminori, entendiendo que es su percepción la que crea una realidad distinta que reconoce como existente solo en su cabeza. Ambos casos representan instancias conscientes de relaciones con lo monstruoso. Pero The Shape of Water triunfa donde Saya no Uta fracasa, con una narrativa que busca más que el shock en la audiencia y se toma en serio los sentimientos de sus personajes y cómo estos interactúan con el mundo. Hay un enfrentamiento directo, carnal, pasional, vivo, con la monstruosidad. Porque no basta con el amor entre dos criaturas si no hay una verdadera desnudez de los sentidos. Si no nos entregamos sin tapujo alguno.
Este tipo de cruces tienen su rastro en la historia desde la Grecia clásica. Pasífae, hija de Helios y Creta, se enamora de un toro por gracia de Poseidón y hace nacer al Minotauro. Zeus seduce a Lea en forma de cisne y esta termina embarazada. Lucio es transformado en burro por su tía y atrae a varias mujeres en esta forma. Desde la antigüedad este tipo de narraciones han sido exploradas con inmensa curiosidad, escritas y leídas para intentar explicar las maneras en que la humanidad se relaciona con su rededor y para desarrollar socialmente ideas en torno a como funciona nuestra siquis. La Bella y la Bestia, tardíamente en relación (1500-1700), se volvió una de las más conocidas, teniendo numerosas variaciones a lo largo de nuestra historia. The Tiger's Bride de Angelina Carter presenta una versión donde la mujer se transforma en bestia y el hombre se mantiene como tal, revirtiendo el truco al igual que en Shrek, historia no menor en la popularización contemporánea del amor transformador y el ingreso en lo monstruoso como lugar donde nos aceptamos en nuestra "peor forma". Aunque claro, es normalmente la mujer quien acepta el cambio, quien se abre a lo diferente. Ella es quien se
enamora de lo monstruoso, siendo menos los casos donde ella se transforma o es desde un inicio el monstruo, existiendo como excepción de alguna manera las historias sobre sirenas.
Pero la mujer tiene inmensos punto de reconocimiento con lo monstruoso. No es solo objeto de amor, es ser que desea ser amado y amar dentro de sus propias reglas, que es rechazado y fetichizado, que nada en contradicciones blandidas por las obligaciones contrapuestas a las pasiones, y que socialmente se encuentra en un lugar tambaleante, siempre en disputa. Con la presión de ser la hija, la esposa, la madre perfecta, se sepultan una pluralidad de sentimientos que quedan encarcelados y con el tiempo se vuelven profundamente dolorosos. Es enaltecida y juzgada al mismo tiempo, siempre en el ojo público. Siempre batallando con la construcción de su identidad. Las proposiciones de la liberación femenina llevaron con sigo tajantemente la liberación del deseo y de las performances relacionadas al género, la aceptación de la chance de abrazar lo otro y encarnarlo, de aceptar el lugar como monstruo social y utilizarlo como
punto de ventaja, como fuerza de combate, como diferenciación para la construcción de un lugar propio ya no subyugado a las volatilidades del hombre. Lo femenino y las variantes del ser mujer se pusieron en cuestionamiento constante y fue a través de esto que se revitalizaron, que agarraron fuerza para independizarse y autodefinirse en el mundo.
Dentro de este esquema, quien toma especialmente la categoría de monstruo es la mujer trans. Es una de los seres abyectos por excelencia de la sociedad. Minimizada y transformada en una otra sin lugar, desplazada y atacada, mirada en menos. Despreciada. Despreciada por las leyes, el servicio público, los extraños en la calle, juzgada por las miradas que a penas se mantienen en su figura y los entredichos casi silenciosos que aparecen de a poco con malicia. Un dolor profundo agobia a la mujer transexual. Pero esta no es una derrota. La situación lleva a un punto de identificación donde nuevamente aparece la oportunidad de salir adelante con gracia. Es la monstruosidad la que lleva a nuevas puertas, a crear bastiones de resistencia y propagaciones del afecto. No es solo vibra y estética, es una performance con conocimiento de la existencia en un mundo que no quiere recibirnos con amabilidad. Donde hacer comunidad, como pequeñas manadas globales, recompone partes nuestras que creímos hace tiempo rotas. Rehacer, reconstruir, repensar, reensamblar, alquemizar y
expandir. Transición transformada en concientización.
La mujer trans tiene a su disposición diversas tecnologías de género, a través del lenguaje, la modificación corporal y la voluntad intencionada, para reafirmarse a si misma y armar su propio lugar cuando este no le es entregado. Por eso es tan común que ella se identifique con animales o criaturas no humanas al ir cultivando su identidad de manera consciente. Después de todo, la transición, sea o no médica, conlleva consigo el cruce un umbral que nos separa del mundo que habitábamos anteriormente. Todo comienza a verse distinto. Las relaciones entre las cosas no se vuelven a construir de la misma forma. Nos reconfiguramos a distintos niveles. El cuerpo se vuelve algo nuevo, diferente. La mente empieza a habitarlo cómo nunca lo había hecho antes. Toda la data es reestructurada. Nacen nuevas capacidades de expresión y de hacer lazos familiares con los entornos que comencemos a atravesar. Nuestra huella se vuelve algo completamente diferente. ¿Qué mujer quiero ser y cómo encaja esto en la idea de lo humano previamente concebido? ¿Cuál es el mundo que quiero habitar, cómo quiero tener una experiencia de este y con que cuerpo quiero hacerlo? ¿Hacia dónde construyen sus caminos los cuestionamientos en relación al género y la sexualidad?
Lo sexual y lo erótico normalmente son limitados al terreno de la piel y a un sector parcial de la mente, cuando en realidad su dominio es aún mayor. Acá hemos insinuado el misterio de otras carnes, del pelaje y los colmillos, de la viscosidad y la sobreestimulación táctil, de los sabores y los olores, pero esa es solo una pequeña área del total que gobierna. ¿Qué sucede con el éxtasis de la entrega en los procedimientos médicos, con el metal frío besando la piel lentamente y la sumisión total? ¿Con un dentista anestesiando, hurgueteando y arrancando parte nuestra? ¿Con los tatuajes y perforaciones? ¿Qué sucede con la imponente presión de
la ausencia, donde solo queda el
rastro de lo que alguna vez estuvo y débilmente se puede intuir? ¿Con la emoción de los
choques de auto? ¿Las húmedas cavidades de la tierra? ¿
Las máquinas? ¿Qué sucede con la emoción en relación a los objetos abandonados que alguna vez fueron amados y solitariamente acumulan polvo? ¿Qué sucede con la comida y
las cosas que normalmente pasan desapercibidas por nosotras, pero que nos tocan, crean una relación y la nutren a su manera, que a veces ocupan un espacio en nuestra mente y conviven con una sintiencia latente? ¿Qué es lo que pasa al ampliar nuestra sensibilización? ¿Qué se vuelve imposible de amar? ¿Qué tan humano es lo inhumano?

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