Guinea Pig: Rumores en el jardín carmesí

El cuerpo existe como una enorme herida expuesta constantemente a las abominaciones del exterior. Se repliega y derrama a la vez, constatando la existencia en sus hendiduras y haciendo sangre el pensamiento. Palpita ultrajado, bestial, formando en la coagulación su razón de ser. Es de su interés más profundo probar cada vez, para así conocerse a si mismo y al mundo, cuales son sus límites, hasta dónde puede llegar. Qué tanto puede la carne en su inútil agonía. Viven las ansias por existir expandiendo la existencia sobre el mundo. Son, finalmente, estos padecimientos los que nos permiten conocernos.

En 1985 el mundo vio aparecer una extravagante pieza fílmica japonesa, Guinea Pig: Devil's Experiment, dirigida por Satoru Ogura. Esta sería la primera entrada en una serie de películas supervisadas por el reconocido mangaka de horror Hideshi Hino, quien terminaría dirigiendo dos de ellas y quien fue el encargado de hacer surgir el proyecto. Por supuesto, estas tendrían en varios aspectos su tinte autoral y serían de inmenso interés para los aficionados del manga más oscuro, además de que ayudaría a cultivar activamente este tipo de cine perverso.

Este punta pie inicial presenta un formato de película snuff enfocada en la tortura, la agonía insistente y el estrés corporal. Aquí, tres hombres hacen sufrir enormemente a una mujer con actos que tratan de pasarse por reales en la película, aunque a vista de ojos actuales sea difícil creerles. Ogura intenta mostrar un lado grotesco y real de la humanidad, así como de las cosas que por el morbo podemos llegar a cometer y observar, del trato enajenado que transforma tanto a víctima como victimario (y quizá espectador) en algo que ya no es considerado humano. Es la insistencia del acto vil lo que lo convierte en parte de lo mundano y hace que se aloje en sus participantes como un insecto.

Se expone a través del cine nuestra relación con la piel, el control, la carne, el deseo, la desesperación, la fascinación abyecta. Miramos atentamente, viendo hasta qué punto se puede llegar. Los ojos fijos, sin apretar pausa, esperando que se cruce cierto umbral a medida que la tensión sube. ¿En cuál de las figuras es que finalmente nos proyectamos? ¿Qué decisiones tomaríamos en uno u otro lugar? ¿Qué somos capaces de despertar con esto? ¿No estamos siendo desde ya parte esencial de todo esto? 

La segunda entrada en esta saga, Flowers of Flesh and Blood, sube la intensidad al máximo y es probablemente la más explícita de todas. También, me parece, es la mejor lograda y la, incluso, más bella en su uso de props y tomas estilizadas. Basada en un manga de Hino y dirigido por este, nos presenta a un asesino parafílico que enamorado de las entrañas y los cuerpos troceados se toma el tiempo para disfrutar lo que hace de sus víctimas, erigiendo así un teatro morboso de destrucción corporal. Existe un éxtasis profundo en su actuar, en su mirada pasional y sus gestos delicadamente brutales. Cada acto tiene un cuidado pulcro en su asquerosidad, con una enajenación viciosa.

Se dice que esta película influenció a un asesino serial real, Tsutomu Miyazaki, conocido como el Asesino Otaku, un fanático del cine de horror que raptó y asesinó a cuatro mujeres en Saitama y Tokyo. No es casualidad que las víctimas, reales y fílmicas, sean mujeres considerando el estado de la sociedad japonesa y el mundo (que, tristemente, no ha cambiado mucho desde los 80). Es decir, ¿quiénes son los que tienen el control hegemónico de la violencia y cuáles son los cuerpos que mayormente son tomados como campos fértiles a ser brutalmente saqueados sin ningún tipo de piedad? ¿Qué tan alejado está todo esto de la experiencia ya no simbólica sino que real del mundo?


En 2014, Stephen Biro, de Unearthed Films, distribuidora a cargo en Estados Unidos de la saga, realizó su propio tributo, American Guinea Pig: Bouquet of Guts and Gore, claramente inspirada por el segundo acto de la saga original, además de por el espíritu de las August Underground de Fred Vogel y la escena HTM de música metal -reflejada en la inclusión de elementos de ritual satánico y las vestimentas y tatuajes de los perpetradores- en la que era común que circulara este tipo de cintas en intercambios uno a uno y en diversas ferias. El filme trata de recuperar lo que se perdió después de Flowers of Flesh and Blood y que no volvería, ya que en el tercer lanzamiento, He Never Dies (1986), el ambiente da un vuelvo de 180° para tomar tintes de humor absurdo (que, de todas formas, es bastante disfrutable por otras razones), lo cuál también se repetiría en Devil Woman Doctor (1986) y que tristemente no sería recuperado con éxito en intentos posteriores como Android of Notredame (1988), probablemente la más débil de todas estas películas.

La pieza que si vale la pena destacar por su brillante estética y propuesta es Mermaid in a Manhole de 1988, también dirigida por Hideshi Hino. Esta se va por el lado del horror grotesco, dejando atrás la tónica de tortura, aunque no del sufrimiento agónico, que tuvieron las primeras dos películas. La dirección de arte, la edición y las actuaciones crean una mezcla extraña y perfecta que cinematográficamente hacen que esta sea de la más destacable de las películas mencionadas. Su clave está en que deja lo netamente pornográfico y lo cambia por la horrorosa tensión de lo erótico, buscando belleza en la carne y en el arte de la putrefacción. Los colores y el brillo de los líquidos, la textura porosa y pegajosa, y el delirio desesperante crean una combinación poderosa y fascinante.


Lo que parece llamar la atención de este tipo de cine va más allá del simple morbo y del cuchicheo en los pasillos digitales. Aunque haya gente que declare que simplemente lo encuentra cool, no podemos quedarnos solo con eso, ¿no? Sería muy flojo. Desde el aprecio a los efectos prácticos, incluso -o sobre todo- a los más caseros, hasta el enfrentar el propio trauma relacionado al abuso y la dominación, pueden haber cientos de razones para el encanto que produce.

En mi caso, siento una atracción particular hacia ciertos aspectos de la brutalidad humana que encuadra, hacia la fascinación misma que provoca en otros y la cultura, incluso fandom, que sostiene este tipo de cine. El que gente se congregue ritualmente en torno al dolor para vivirlo y pensarlo en conjunto tiene algo de bello, casi enternecedor, que termina por hacer que quiera acercarme y no solo entenderles, sino que quiera participar junto a ellos. Esto me anima más que la adrenalina fácil, la catarsis del exceso o la idea de estar viendo algo prohibido. Y creo que este encanto es mucho más efectivo cuando el sujeto de la película es tomado totalmente en serio dentro de esta, cuando se enfrenta sin tapujos, vergüenzas ni miedos. Cuando sé que la gente que participó de la producción estaba siendo honesta y directa con lo que quería presentar. Casos más extravagantes como Tokyo Gore Police o Splatter: Naked Blood me parecen atrayentes por otras razones: efectos, historia, humor. Pero en lo que hasta ahora hemos presentado, que podríamos llamar eroguro snuff, lo que me atrae más es el medio, el envoltorio, el contexto, cómo es presentado, cómo se crea una narrativa metafílmica y se conecta con las pasiones perversas e ideaciones desviadas de diferentes mentes que confluyen en un mismo punto.

Estamos viviendo una catástrofe juntos y nos encontramos en el ojo del huracán observándolo todo. El mundo se despedaza y junto a el nuestras mentes son estresadas hasta límites difíciles de soportar. El arte emerge como un mecanismo para hacer sentido de todo esto. Nos juntamos para vivirlo porque solo a través de esto podemos tener una experiencia total de sus implicancias sociales y sus lecturas del devenir del ser humano. Vectores nos atraen hasta estos puntos de explosiones de emoción e imagen tras imagen nos asalta. Nuestros ojos reflejan las entrañas y sentimos que la sangre se nos escapa para fluir en el cuerpo de otras personas. Aquí, nos desnudamos.


Creo que un aspecto que me es difícil dejar de lado y que ya he mencionado brevemente en el texto es la belleza que se esconde detrás de esto. Cuando la pulcra suciedad del acto es registrada magistralmente por la cámara, realizada en desastroso orden por los actores y con los preciosismos de una vehemencia exaltada, nos encontramos ante imágenes decididamente bellas, ante una labor ejecutada con certera hermosura, con una pasión fielmente encantada por la carne, fascinada por el chorreo de emociones que lo embarran todo y que se aferran a la vida del film. No puedo evitar ser categórica. La quietud después de la explosión hace que se nos refleje el rostro en la sangre derramada y que se nos pierda la mirada en esa roja versión nuestra. ¿No es el encuentro directo entre los cuerpos, carne contra carne,  entre el filo y los huesos, entre fluidos, entre mentes trizadas, quebradas, una exaltación de la vida misma en su destrucción extasiada? Es algo que no deja de parecerme atrayente. Me interpela directamente, me apunta y me ataca como los intestinos que se desparraman.

Al final de Flowers of Flesh and Blood, después de que el asesino acaba con su víctima, se nos revela que este posee una colección de partes humanas guardadas cual colección museal. Las tomas que dan continuidad a la escena final están realizadas con tal cuidado y cariño que no se hace difícil entrar en el juego de estar apreciando obras de arte. Y no lo son por su realismo ni veracidad, sino que todo lo contrario: es por ser una exagerada versión de la realidad que me parecen tan maravillosas. Por la manera en que posan, se disfrazan y aparecen en ese glamour de vida petrificada. Por como crean un mundo en si mismo el cual nos invitan tímidamente a habitar. Por como presentan una rica y amplia narrativa. Llevo suficientes años en internet como para sí haber visto situaciones reales de descuartizamiento y sé que por ahí no va el asunto para mi, no es algo que me parezca disfrutable. Quiero el verdadero calor de la humanidad.


Aunque a veces pueda parecer repetitivo, con un punto claro establecido dentro de sus primeros minutos de metraje y sin mucho sobre lo que extenderse, este lado del eroguro siempre ocultará algo encantador para mi, lo mismo que me provocaron en mi juventud los mangas de Uziga Waita o las ilustraciones de Shintaro Kago. Puede que para varios no sea más que otro género de explotación sin mucho que aportar, pero para otros, donde me incluyo, es cine que presenta algo sincero, removedor, algo de lo que vale la pena participar y hacer circular en comunidad. Un cine con propósito y propositivo al cual decido mirar de frente. Siempre estaré encantada por los rumores que se escuchan melodiosamente en aquel jardín carmesí, aquella naturaleza florida repleta de sangre y órganos. Por los cantos de quienes han decidido maravillarse en vez de simplemente asombrarse, de quienes no tienen miedo a las contradicciones y a la vida desordenada. Porque a veces es bueno ceder un poco y tener la voluntad para sumergirse en aguas pantanosas, cara a cara a la atrocidad.

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