Luz refractada: notas sobre lo evasivo
"What does it feel like to die digitally, to have your ghost haunt cyberspace in the form of a meme, but to still be alive in meatspace? " - Katherine Dee
[1] En su relación con la huella, lo numérico y la reproducción, la fotografía siempre ha tenido un aspecto digital. Una imagen que existente no tan solo como luz y ondas, sino que también como conexiones y recorridos sin terminar, como portal. Ya no se puede reducir una imagen al momento capturado, al instante, su perpetuación y transformación es inseparable en su existencia, lectura y consumo. Las fotografías tienen una vida que antes de su surgimiento no habían tenido los registros de otro tipo. Si bien desconocemos el destino específico de las imágenes ("Ninguna imagen explica cómo debe ser leída" dijo Gombrich), sabemos que perviven como trayectoria. En ese momento se puede empezar a trazar con lo que tengamos a mano. Planteamos dudas sobre escapes, sobre salidas de la imagen, sobre egresos hacia nuevos imaginarios, cuando no tenemos gana alguna de hacerlo, cuando el éxtasis de la saturación de lo mismo se vuelve una presión excitante, sofocante placer en el que se nos hace fácil ser partícipes. Se hace torpe el querer pensar una imagen aislada de todas las demás, así como finalmente, de alguna u otra forma, todos los sonidos terminan haciendo eco en la misma zona. Marcar no solo un registro de un yo estuve aquí, de aquí sucedió esto, como autoafirmación o sistema de comunicación con el futuro, sino constatación de una sociedad completa, de una visión de mundo y el espacio que permitió que se gestase, en definitiva, la imagen constatando el cómo podía existir en un momento dado sabiéndose inseparable de las maquinarias de producción materiales y abstracta que le crearon. Imágenes de imágenes. Todo el mundo se sabe un texto. Descifrar la imagen es descifrar el mundo, y aunque nunca podamos acercarnos a la imagen de forma pura, a su semántica esencial, si podemos aproximarnos aunque sea torpemente.
[2] Me es imposible hacer sentido de mi misma sin las imágenes y sus máquinas de producción. Me pienso autora. ¿Importa quien registra tanto como el acto mismo de registrar? ¿Busco ser yo quien registre con tal de sentirme dueña aunque sea fugazmente de mi visión o de ilusionarme siquiera con tener una visión propia? Cuestionablemente propia, al menos. Los cuerpos adquieren las conductas que los aparatos requieren de si, instruidos por sus lógicas, entrenados par actuar ante el ojo externo. Se expresa un comportamiento imaginario, una obediencia con ganas de autocontrol, soberanía de los impulsos, como un intento de proyectar autenticidad.
Existimos no solo en las imágenes que creamos, capturadas a través de dispositivos traductores de lo imaginario, sino que a través de nuestros mecanismos de navegación del flujo relacional de las imágenes, de nuestro movimiento por su circuito. Quizá nos reconforta sentir que algo tan implacable y avasallador puede ser tan frágil como nosotras. El cuerpo en si mismo es una imagen y la captura ya no se acompaña del miedo del robo del alma sino que la constatación de esta como otra imagen más. Docureality. Todo el mundo deviene museo. Los álbumes son una redundancia: todo espacio en que yacen las imágenes se torna archivo.
[3] La interactividad de la web ha producido que también busquemos interactividad en los objetos que están fuera de ella. La tendencia del diseño hacia lo interactivo, lo interconectado y su enfoque en la experiencia tiene su origen ahí. El cerebro se desarrolló para ver el mundo de la manera en que le fue útil en el pasado y actualmente se está acomodando a esta lectura relacional, táctil. El cerebro busca patrones y nos revela cuadros de texto en los planos del mundo, hila narrativas a través de saltos de pensamiento alimentados por asociaciones culturalmente aprendidas. Traductor sin diccionario: busca modos de composición de sentido, juntar cosas que aún no se han encontrado, ficcionar verdades.
[2] Me es imposible hacer sentido de mi misma sin las imágenes y sus máquinas de producción. Me pienso autora. ¿Importa quien registra tanto como el acto mismo de registrar? ¿Busco ser yo quien registre con tal de sentirme dueña aunque sea fugazmente de mi visión o de ilusionarme siquiera con tener una visión propia? Cuestionablemente propia, al menos. Los cuerpos adquieren las conductas que los aparatos requieren de si, instruidos por sus lógicas, entrenados par actuar ante el ojo externo. Se expresa un comportamiento imaginario, una obediencia con ganas de autocontrol, soberanía de los impulsos, como un intento de proyectar autenticidad.
Existimos no solo en las imágenes que creamos, capturadas a través de dispositivos traductores de lo imaginario, sino que a través de nuestros mecanismos de navegación del flujo relacional de las imágenes, de nuestro movimiento por su circuito. Quizá nos reconforta sentir que algo tan implacable y avasallador puede ser tan frágil como nosotras. El cuerpo en si mismo es una imagen y la captura ya no se acompaña del miedo del robo del alma sino que la constatación de esta como otra imagen más. Docureality. Todo el mundo deviene museo. Los álbumes son una redundancia: todo espacio en que yacen las imágenes se torna archivo.
[3] La interactividad de la web ha producido que también busquemos interactividad en los objetos que están fuera de ella. La tendencia del diseño hacia lo interactivo, lo interconectado y su enfoque en la experiencia tiene su origen ahí. El cerebro se desarrolló para ver el mundo de la manera en que le fue útil en el pasado y actualmente se está acomodando a esta lectura relacional, táctil. El cerebro busca patrones y nos revela cuadros de texto en los planos del mundo, hila narrativas a través de saltos de pensamiento alimentados por asociaciones culturalmente aprendidas. Traductor sin diccionario: busca modos de composición de sentido, juntar cosas que aún no se han encontrado, ficcionar verdades.

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