De John Heskett a Norberto Chaves: proyección de una imaginación diseñada por el siglo XX
El diseño en la vida cotidiana
El diseño no puede pensarse como algo estático. Le es imposible serlo. Es un extenso oleaje, un terreno fluctuante, productor en serie de significados dispares, difícilmente anclable a un punto único, fijo, siempre en un bucle de retroalimentación informativo con su contexto inmediato. Cambia, y si llega a tener algún canon establecido, si se le llega a asociar uno por razón que fuese, se tiene en claro que muy prontamente será sustituido por otro. Es un cúmulo de tendencias fluctuantes que no dejan de conversar con su entorno.
Al ser profundamente contextual (bueno, ¿qué no lo es?, el diseño siempre sabe adaptarse a las necesidades de un problema y unos requerimientos en específico. Los medios se acomodan a los objetivos y a través de la historia el diseño se ha visto influenciado, limitado, potenciado, configurado, por sus condiciones materiales y los modos en que se integra y surge de ellas, y de como intenta superarlas (o como mínimo ponerlas en perspectiva).
Es claro ahí que el diseño es algo que trasciende la profesión del diseñador. Es un área nebulosa al punto que se ha cuestionado incluso su capacidad de existir como carrera universitaria definida, estructurada, académica, precisa. No es solo utilitarismo, no es solo expresión. Es una área gris y pantanosa en la que, por alguna razón, mucha gente decide hundir el cuerpo, a pesar de que suelen terminar perdiéndose ahí.
Diseñar es configurar el mundo a través del sentido. Hacer sentido de un mundo, dialogar con él, proponer otro distinto. El diseño media la existencia. “La forma sigue la ficción”. Es propositivo y creador, no un mero acople que adorna lo ya existente. Y este mundo puede entenderse desde distintas escalas, desde lo más específico, a diferentes niveles de localidad, hasta lo macro, global, g(local) y virtual. “Las formas asumen la significación según el modo en que se utilizan”. Le damos sentido a las formas, pero estás también, a través de su modo de existir, de su contorno, su textura, nos invitan a darle sentido según su propio interés. Seducen con fluido glamour cristalino. Entre ambos puntos se sitúa la cultura como filtro de signos y significados siempre flexibles.
Detrás de todo diseño yace una intención, a veces más misteriosa y oculta de lo que podemos percatarnos. La propuesta que ofrece se condiciona por un interés superior. Tiene una imagen de público dentro suyo, y este puede ser el productor, el consumidor (tanto actual como especulativo) o incluso alguna entidad abstracta mayor. Ahí se despliega la carretera del diseño.
El diseño invisible
Cada generación ve aparecer algún nuevo estilo, alguna nueva propuesta que busca levantarse y que muta (tanto a si misma como a su rededor), a veces adoptada por la fuerza de las corrientes principales, otra desfalleciendo o moviéndose en un vaivén de viralidad incierta, entrecortada. A veces tiene aire de parecer la más grande revolución y se desvanece relegada a un plano menor, otras parece una débil fachada pasajera que permanece fuertemente aferrada, enraizada, con aire de siempre haber estado ahí. Reglas se establecen solo con el fin de ser reemplazadas por otras, en un ciclo de estabilidad que amenaza cada tanto con acabarse (y que puede reflejar en ello una amenaza a la cultura misma que las sustenta, un derrumbe total de todo lo conocido). El hábitat mismo donde una cultura se desarrolla es alterado pieza a pieza por una sucesión de tendencias, al punto de que es cada vez más común que al crecer nos sintamos enormemente fuera de lugar con respecto a donde originalmente nacimos.
"El hábitat sintetiza en cada uno de sus rasgos la totalidad de niveles de la experiencia humana: lo biológico, lo psicológico, lo ergonómico, lo tecnológico, lo económico, lo político, etc".
Entender un contexto de desarrollo para el diseño no es solo dar cuenta de la realidad material sobre la que se inserta, sino el como esta se muestra, como se lee, como se socializa. Cada corriente del diseño y cada diseño en específico se enreda en estas redes donde sus discursos se ponen en juego. A su vez, esto trasciende totalmente tanto a la persona que diseña, como a la que visibiliza, a quien es usuaria o a quien distribuye. La voluntad, intención y entendimiento de todos estos actores no tiene por qué coincidir necesariamente y en su encuentro generan espacios que pueden llegar a ser totalmente inesperados, sobre todo entendiéndolo dentro de una sociedad itinerante cuyas disonancias son capaces de revitalizarla al tiempo que va errando inciertamente.
Las formas en que estos actores se cruzan es heterogénea y en cada acción pueden buscar integrarse de menor o mayor manera, cediendo en protagonismo o intentando abarcarlo todo, con predominancias estables o tira-y-aflojas feroces. Un diseñador puede buscar general algo con fines propios en mente, dentro de su área de expertiz gráfica y considerando unos intereses que no respondan más que a su propia voluntad, que pareciera creer que existe en un campo superior de genialidad, pero lo cierto es que jamás podrá separarse del momento y el lugar que lo arrojo al mundo, la historia a través de la cual se desarrolló y la sociedad en la que está insertando lo hecho. Es imposible que exista en vacío, y el caso es igual para el resto de actores. Pueden separarse en mayor o menor grado, claro, como en el caso de proyectos que ignoren superficialmente una situación sociocultural específica, o en el de clientes que no busquen más que traducir de forma exacta su magna visión, pero una separación tajante es totalmente imposible.
Norberto cita a Charles Eames nombrando "una de las pocas claves efectivas de los problemas de diseño: la capacidad del diseñador para reconocer la mayor cantidad de condicionamientos que pueda; su voluntad y entusiasmo para trabajar dentro de esos condicionamientos; los condicionamientos de precio, de tamaño, de resistencia, de equilibrio, de superficie, de tiempo, etcétera; cada problema tiene su propia y peculiar lista".
El diseño no puede pensarse como algo estático. Le es imposible serlo. Es un extenso oleaje, un terreno fluctuante, productor en serie de significados dispares, difícilmente anclable a un punto único, fijo, siempre en un bucle de retroalimentación informativo con su contexto inmediato. Cambia, y si llega a tener algún canon establecido, si se le llega a asociar uno por razón que fuese, se tiene en claro que muy prontamente será sustituido por otro. Es un cúmulo de tendencias fluctuantes que no dejan de conversar con su entorno.
Al ser profundamente contextual (bueno, ¿qué no lo es?, el diseño siempre sabe adaptarse a las necesidades de un problema y unos requerimientos en específico. Los medios se acomodan a los objetivos y a través de la historia el diseño se ha visto influenciado, limitado, potenciado, configurado, por sus condiciones materiales y los modos en que se integra y surge de ellas, y de como intenta superarlas (o como mínimo ponerlas en perspectiva).
Es claro ahí que el diseño es algo que trasciende la profesión del diseñador. Es un área nebulosa al punto que se ha cuestionado incluso su capacidad de existir como carrera universitaria definida, estructurada, académica, precisa. No es solo utilitarismo, no es solo expresión. Es una área gris y pantanosa en la que, por alguna razón, mucha gente decide hundir el cuerpo, a pesar de que suelen terminar perdiéndose ahí.
Diseñar es configurar el mundo a través del sentido. Hacer sentido de un mundo, dialogar con él, proponer otro distinto. El diseño media la existencia. “La forma sigue la ficción”. Es propositivo y creador, no un mero acople que adorna lo ya existente. Y este mundo puede entenderse desde distintas escalas, desde lo más específico, a diferentes niveles de localidad, hasta lo macro, global, g(local) y virtual. “Las formas asumen la significación según el modo en que se utilizan”. Le damos sentido a las formas, pero estás también, a través de su modo de existir, de su contorno, su textura, nos invitan a darle sentido según su propio interés. Seducen con fluido glamour cristalino. Entre ambos puntos se sitúa la cultura como filtro de signos y significados siempre flexibles.
Detrás de todo diseño yace una intención, a veces más misteriosa y oculta de lo que podemos percatarnos. La propuesta que ofrece se condiciona por un interés superior. Tiene una imagen de público dentro suyo, y este puede ser el productor, el consumidor (tanto actual como especulativo) o incluso alguna entidad abstracta mayor. Ahí se despliega la carretera del diseño.
Cada generación ve aparecer algún nuevo estilo, alguna nueva propuesta que busca levantarse y que muta (tanto a si misma como a su rededor), a veces adoptada por la fuerza de las corrientes principales, otra desfalleciendo o moviéndose en un vaivén de viralidad incierta, entrecortada. A veces tiene aire de parecer la más grande revolución y se desvanece relegada a un plano menor, otras parece una débil fachada pasajera que permanece fuertemente aferrada, enraizada, con aire de siempre haber estado ahí. Reglas se establecen solo con el fin de ser reemplazadas por otras, en un ciclo de estabilidad que amenaza cada tanto con acabarse (y que puede reflejar en ello una amenaza a la cultura misma que las sustenta, un derrumbe total de todo lo conocido). El hábitat mismo donde una cultura se desarrolla es alterado pieza a pieza por una sucesión de tendencias, al punto de que es cada vez más común que al crecer nos sintamos enormemente fuera de lugar con respecto a donde originalmente nacimos.
"El hábitat sintetiza en cada uno de sus rasgos la totalidad de niveles de la experiencia humana: lo biológico, lo psicológico, lo ergonómico, lo tecnológico, lo económico, lo político, etc".
Entender un contexto de desarrollo para el diseño no es solo dar cuenta de la realidad material sobre la que se inserta, sino el como esta se muestra, como se lee, como se socializa. Cada corriente del diseño y cada diseño en específico se enreda en estas redes donde sus discursos se ponen en juego. A su vez, esto trasciende totalmente tanto a la persona que diseña, como a la que visibiliza, a quien es usuaria o a quien distribuye. La voluntad, intención y entendimiento de todos estos actores no tiene por qué coincidir necesariamente y en su encuentro generan espacios que pueden llegar a ser totalmente inesperados, sobre todo entendiéndolo dentro de una sociedad itinerante cuyas disonancias son capaces de revitalizarla al tiempo que va errando inciertamente.
Las formas en que estos actores se cruzan es heterogénea y en cada acción pueden buscar integrarse de menor o mayor manera, cediendo en protagonismo o intentando abarcarlo todo, con predominancias estables o tira-y-aflojas feroces. Un diseñador puede buscar general algo con fines propios en mente, dentro de su área de expertiz gráfica y considerando unos intereses que no respondan más que a su propia voluntad, que pareciera creer que existe en un campo superior de genialidad, pero lo cierto es que jamás podrá separarse del momento y el lugar que lo arrojo al mundo, la historia a través de la cual se desarrolló y la sociedad en la que está insertando lo hecho. Es imposible que exista en vacío, y el caso es igual para el resto de actores. Pueden separarse en mayor o menor grado, claro, como en el caso de proyectos que ignoren superficialmente una situación sociocultural específica, o en el de clientes que no busquen más que traducir de forma exacta su magna visión, pero una separación tajante es totalmente imposible.
Norberto cita a Charles Eames nombrando "una de las pocas claves efectivas de los problemas de diseño: la capacidad del diseñador para reconocer la mayor cantidad de condicionamientos que pueda; su voluntad y entusiasmo para trabajar dentro de esos condicionamientos; los condicionamientos de precio, de tamaño, de resistencia, de equilibrio, de superficie, de tiempo, etcétera; cada problema tiene su propia y peculiar lista".
"Todos los estilos han devenido contemporáneos".
El lenguaje actual del diseño es el lenguaje de un sin fin de voces parloteando al mismo tiempo, pero sin que ninguna se pierda, manteniéndose claras y sorprendentemente distinguiblea. Las líneas gráficas son cada vez más curvas enredadas, pero no menos registrables. La coherencia es una cuestión móvil, viva. En este escenario, la técnica se vuelve ecléctica por necesidad y el diseñador busca dominar bajo su brazo una cantidad cada vez mayor de palabras y dialectos, al mismo tiempo que abandona la especialización y ve emerger una gran cantidad de nichos solo en apariencia separados. La red cultural, si bien siempre incluye nodos de intensidad que sobresalen, se encuentra cada vez más, si no descentralizada, dispersa. Actores individuales se integran de formas complejas en la trama, entendiendo que cada acto individual, incluso viniendo de la propuesta más egoísta, implica siempre un plano social mayor. Por supuesto, el mercado se moldea y se adapta a esta situación (que tanto le afecta como la genera) buscando siempre extraer la mayor cantidad de beneficios. Pero la imaginación como mercancía no es una imaginación que se encuentre derrotada, si no que un punto que plantea una nueva posibilidad de bifurcación. Si antes los procesos productivos habían sido escondidos detrás de las paredes de la fábrica, coartando su sociabilización, cada vez más se vuelven algo transparente (para algunas personas, demasiado). Entonces, desde ahí es útil pensar ¿qué podemos hacer con aquello que ahora no podemos evitar ver y que nos asalta violentamente la mirada? ¿De qué otras maneras podemos mirarlo, hacerle frente con la vista?
Es poco claro quién tiene las riendas del asunto. Existe un agitado florecimiento de una cultura HTM informal, nutrida ya no a través de posteos de foros, boca a boca o fanzines, sino que por medio de tutoriales de YouTube, life hacks de TikTok, infografías repartidas por Whatsapp e Instagram, insistencias publicitarias en Webs y calles, y cursos (pirateados) de Domestika, la cual está siendo impulsada hacia delante por intenciones no muy definidas que no se limitan únicamente a las exigencias de producción de las sociedades actuales. En ese sentido, agarra tracción una micro especialización dispersa que propone un diálogo tanto con el entorno cultural actual como con el creado por los antiguos profesionales y las cada vez peor vistas academias tradicionales. Norberto Chaves decía que "uno de los efectos de la sociedad industrial avanzada es la discapacitación de sus miembros, condición sine qua non para transformarlos en consumidores intensivos", pero en la segunda década del siglo XXI es más que claro que lo que domina es la constante capacitación, el estar aprendiendo algo siempre aunque sea a escala microscópica, para quizá llevar a transformarles en prosumidores intensivos (por supuesto, esto es manifestado de distintas maneras según factores territoriales y de clase). No es solo el postgrado, el magíster, la segunda carrera, sino que el taller, el workshop, la residencia, el curso gratuito online (o que no es gratuito, pero fue regrabado y compartido por alguien en una carpeta de Google Drive), los reels, hilos de Twitter y carpetas de fotos en Facebook, los múltiples trabajos part-time, el micro freelanceo, la inestabilidad laboral general, etc. Un tiempo que nos consume cuando lo aprovechas: sobreestimulación apabullante que se vuelve hacia dentro. Nos sobrepasan las ganas de actuar, de quererlo todo, de transformarnos en sujetos de acción inmediata. La exigencia se vuelve incapacidad.
Todo esto no es fruto de una histeria colectiva o de una toma de conciencia espontánea sin más, sino que es una obvia respuesta a las formas en que el mercado (donde la transacción de imágenes juega un rol poderoso) acelera, transitando una carretera andante que se tambalea y que parece resquebrajarse a la vez que se muestra cada vez más monumental que nunca en ese desastre que le reensambla. La novedad, el espectáculo, la inventiva, las apariencias, son fuerzas que nos perforan y parecen despedazarnos por completo. Tenemos dificultad para emplazarlas en un territorio específico, por mucho intento que haya de situar figuras e íconos como estandartes de estos ideales. Pero lo cierto es que una fuerza mayor las gobierna, una que no podemos ni soñar rozar con las manos. No es sólo la abstracción capital, sino una entidad que es indescriptible si se le ve desde un plano cerrado, único, haciendo necesaria una vista que pudiese observar un fenómeno a distintas escalas, en distintos planos, al mismo tiempo; una trascendencia visual que vaya más allá de los satélites de Google y la maquinaria de SpaceX. El espíritu de la época se impone de forma gráfica de maneras tanto titánicas como sutiles, no siendo un conjunto de elementos claramente delimitados, sino que una conversación contigente entre elementos que se integran como conjunto de conexiones. Sin importar si utilizamos la última innovación, si manejamos el lenguaje de representación popular actual, siempre habrá algo de ese espíritu que se filtre en nuestra producción. La hegemonía funciona no por enclaustramiento, sino que por diversificación calculada.
En muchos sectores ha existido una contra activa que argumenta en oposición a esta diversificación, nombrándola como una homogeneización múltiple que elimina los rasgos propios de un lugar, un eclecticismo que se impone por la voluntad de una época por la cual un grueso de la población ciegamente se deja llevar. Esto, referido normalmente a rasgos culturales como las formas de vestir, de hablar o las producciones artísticas. Pero, por algún motivo, en otros hechos que efectivamente si han tendido a cierta homogeneización esta diversidad es incluso ignorada (por supuesto, en parte porque también ha permitido el surgimiento de pequeñas variantes, pero eso no anula lo otro). Podríamos pensar en el claro ejemplo de la comida o la ropa.
En una era de contextos complejos que conviven paralelamente, parece que el contexto en si pasa a segundo plano y lo incompatible se vuelve desconocido: todo puede terminar encajando. La voluntad del mercado es la ley del diseño. ¿Qué cambia realmente bajo el mercado de la novedad?
"Cada pieza, además de ser claramente 'contemporánea', debe ser única, destacarse. Según esta concepción, la notoriedad no es un requisito particular, relativo al programa, sino un mandato universal: todo edificio arquitectónico ha de ser un 'edificio singular'. Se trata de una exigencia inapelable de originalidad que genera una compulsión a la transgresión; diseñar se transforma en lograr, a cualquier precio, hacer las cosas de un modo distinto del normal. Es este mandato el que alienta el culto a lo insólito, lo inesperado; el gusto por la grandilocuencia, la extravagancia, la estridencia".
Añorar el futuro, tener nostalgia por aquello que aún no ha ocurrido.
El lenguaje actual del diseño es el lenguaje de un sin fin de voces parloteando al mismo tiempo, pero sin que ninguna se pierda, manteniéndose claras y sorprendentemente distinguiblea. Las líneas gráficas son cada vez más curvas enredadas, pero no menos registrables. La coherencia es una cuestión móvil, viva. En este escenario, la técnica se vuelve ecléctica por necesidad y el diseñador busca dominar bajo su brazo una cantidad cada vez mayor de palabras y dialectos, al mismo tiempo que abandona la especialización y ve emerger una gran cantidad de nichos solo en apariencia separados. La red cultural, si bien siempre incluye nodos de intensidad que sobresalen, se encuentra cada vez más, si no descentralizada, dispersa. Actores individuales se integran de formas complejas en la trama, entendiendo que cada acto individual, incluso viniendo de la propuesta más egoísta, implica siempre un plano social mayor. Por supuesto, el mercado se moldea y se adapta a esta situación (que tanto le afecta como la genera) buscando siempre extraer la mayor cantidad de beneficios. Pero la imaginación como mercancía no es una imaginación que se encuentre derrotada, si no que un punto que plantea una nueva posibilidad de bifurcación. Si antes los procesos productivos habían sido escondidos detrás de las paredes de la fábrica, coartando su sociabilización, cada vez más se vuelven algo transparente (para algunas personas, demasiado). Entonces, desde ahí es útil pensar ¿qué podemos hacer con aquello que ahora no podemos evitar ver y que nos asalta violentamente la mirada? ¿De qué otras maneras podemos mirarlo, hacerle frente con la vista?
Es poco claro quién tiene las riendas del asunto. Existe un agitado florecimiento de una cultura HTM informal, nutrida ya no a través de posteos de foros, boca a boca o fanzines, sino que por medio de tutoriales de YouTube, life hacks de TikTok, infografías repartidas por Whatsapp e Instagram, insistencias publicitarias en Webs y calles, y cursos (pirateados) de Domestika, la cual está siendo impulsada hacia delante por intenciones no muy definidas que no se limitan únicamente a las exigencias de producción de las sociedades actuales. En ese sentido, agarra tracción una micro especialización dispersa que propone un diálogo tanto con el entorno cultural actual como con el creado por los antiguos profesionales y las cada vez peor vistas academias tradicionales. Norberto Chaves decía que "uno de los efectos de la sociedad industrial avanzada es la discapacitación de sus miembros, condición sine qua non para transformarlos en consumidores intensivos", pero en la segunda década del siglo XXI es más que claro que lo que domina es la constante capacitación, el estar aprendiendo algo siempre aunque sea a escala microscópica, para quizá llevar a transformarles en prosumidores intensivos (por supuesto, esto es manifestado de distintas maneras según factores territoriales y de clase). No es solo el postgrado, el magíster, la segunda carrera, sino que el taller, el workshop, la residencia, el curso gratuito online (o que no es gratuito, pero fue regrabado y compartido por alguien en una carpeta de Google Drive), los reels, hilos de Twitter y carpetas de fotos en Facebook, los múltiples trabajos part-time, el micro freelanceo, la inestabilidad laboral general, etc. Un tiempo que nos consume cuando lo aprovechas: sobreestimulación apabullante que se vuelve hacia dentro. Nos sobrepasan las ganas de actuar, de quererlo todo, de transformarnos en sujetos de acción inmediata. La exigencia se vuelve incapacidad.
Todo esto no es fruto de una histeria colectiva o de una toma de conciencia espontánea sin más, sino que es una obvia respuesta a las formas en que el mercado (donde la transacción de imágenes juega un rol poderoso) acelera, transitando una carretera andante que se tambalea y que parece resquebrajarse a la vez que se muestra cada vez más monumental que nunca en ese desastre que le reensambla. La novedad, el espectáculo, la inventiva, las apariencias, son fuerzas que nos perforan y parecen despedazarnos por completo. Tenemos dificultad para emplazarlas en un territorio específico, por mucho intento que haya de situar figuras e íconos como estandartes de estos ideales. Pero lo cierto es que una fuerza mayor las gobierna, una que no podemos ni soñar rozar con las manos. No es sólo la abstracción capital, sino una entidad que es indescriptible si se le ve desde un plano cerrado, único, haciendo necesaria una vista que pudiese observar un fenómeno a distintas escalas, en distintos planos, al mismo tiempo; una trascendencia visual que vaya más allá de los satélites de Google y la maquinaria de SpaceX. El espíritu de la época se impone de forma gráfica de maneras tanto titánicas como sutiles, no siendo un conjunto de elementos claramente delimitados, sino que una conversación contigente entre elementos que se integran como conjunto de conexiones. Sin importar si utilizamos la última innovación, si manejamos el lenguaje de representación popular actual, siempre habrá algo de ese espíritu que se filtre en nuestra producción. La hegemonía funciona no por enclaustramiento, sino que por diversificación calculada.
En muchos sectores ha existido una contra activa que argumenta en oposición a esta diversificación, nombrándola como una homogeneización múltiple que elimina los rasgos propios de un lugar, un eclecticismo que se impone por la voluntad de una época por la cual un grueso de la población ciegamente se deja llevar. Esto, referido normalmente a rasgos culturales como las formas de vestir, de hablar o las producciones artísticas. Pero, por algún motivo, en otros hechos que efectivamente si han tendido a cierta homogeneización esta diversidad es incluso ignorada (por supuesto, en parte porque también ha permitido el surgimiento de pequeñas variantes, pero eso no anula lo otro). Podríamos pensar en el claro ejemplo de la comida o la ropa.
En una era de contextos complejos que conviven paralelamente, parece que el contexto en si pasa a segundo plano y lo incompatible se vuelve desconocido: todo puede terminar encajando. La voluntad del mercado es la ley del diseño. ¿Qué cambia realmente bajo el mercado de la novedad?
"Cada pieza, además de ser claramente 'contemporánea', debe ser única, destacarse. Según esta concepción, la notoriedad no es un requisito particular, relativo al programa, sino un mandato universal: todo edificio arquitectónico ha de ser un 'edificio singular'. Se trata de una exigencia inapelable de originalidad que genera una compulsión a la transgresión; diseñar se transforma en lograr, a cualquier precio, hacer las cosas de un modo distinto del normal. Es este mandato el que alienta el culto a lo insólito, lo inesperado; el gusto por la grandilocuencia, la extravagancia, la estridencia".
Añorar el futuro, tener nostalgia por aquello que aún no ha ocurrido.
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Reflexiones extraídas a partir de los libros El diseño en la vida cotidiana de John Heskett y El diseño invisible de Norberto Chaves.


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