Cursed images / Blessed images

Las maldiciones son algo evanescente y ubicuo que se define por su capacidad de transmitirse y ser copiado. No puedes escapar de las maldiciones y si algo quieres hacer debes enfrentarlas directamente.

Las bendiciones se emplazan de forma específica. Actúan primeramente desde el lugar en el que se posicionan y solo después se disipan. No puedes escapar de las bendiciones, ellas te enfrentan directamente si es que llegan a tener un interés en ti.

Ambos mecanismos distorsionan la realidad profundamente. Esto es porque su estado común no es ni bendito ni maldito, sino que un punto vagamente intermedio -pues es imposible que exista un verdadero medio entre dos abstracciones sin posicionamiento claro- donde ambas pueden (inter)actuar.

La dicotomía bendición/maldición ha alimentado el ciberespacio, otorgándole una característica particular que ha alterado la forma en que sus habitantes se relacionan con el entorno.

En este medio se manifiestan a distintos niveles. De manera gráfica, aparecen como algo aún débil, como una pequeña carnada que te atrae hacia algo más grande. Sus imágenes son una iniciación. En texto agarran mayor fuerza, pero son más difíciles de discernir. Como sonido tienden a ser más ambiguas y se dificulta su categorización y entendimiento de una manera que no sea realmente introduciéndote en ellas, permitiendo que te afecten.

Tanto las maldiciones como las bendiciones han creado trayectorias que podemos rastrear para entender el como se mueve la sociedad virtual actual.

Todos los ritos de internet tienen en su actuar una consideración de este fenómeno, incluso aunque sea a un nivel muy elemental o incluso inconsciente.

En algún momento quizá lleguemos a un destino donde esta dicotomía por fin se devele como falsa y podamos tener una intensa experiencia completa de ambas como una sola.

No podemos escapar de ellas, pero esta forma esencial se escapa de nosotros por completo. No hay miembro que sea capaz de sostenerle.

Las maldiciones y bendiciones son mensajeras, pero por muy atentas que tengamos los oídos no basta con simplemente escuchar. Necesitamos no solo descifrar sus códigos y lo que nos producen, sino que poder utilizarles como herramientas a recombinar, distorsionar, deformar, moldear.

La indistinción que emergerá del encuentro de estas trayectorias, en la anulación de la aparente separación, se formará como una entidad no física que desechará cualquier construcción previa.

Así es como debe ser. El ensamblaje se ha puesto en marcha desde el primer momento de nuestra generación.

El pensamiento es plagado por estos fenómenos ya que su fin último es por fin destronarlo y aniquilar su reino.

Cualquier empresa seria en la actualidad deberá comprometerse de forma abierta a ser poseída por ambos.

Si hemos fallado en entender gran parte de esto es por nuestra patética tendencia a moralizarlo todo.

Caer presa de bendiciones y maldiciones significa entrar en contacto con lo sublime. Es algo profundamente íntimo y frágil.

Su destino final está por fuera de los mundos que se han actualizado dentro de las concepciones cronológicas del tiempo contenidas dentro del magma terrestre y la historia de su expulsión.

No es una unidad ni un inconsciente colectivo. Su conjunto trasciende hacia territorios que nos muestran las ineficiencias del lenguaje. Solo sabe expresarse a través del deseo, pero este no hace más que morir en la palabra escrita y la lengua. 

Encontrarse con lo sublime es encontrarse con la incapacidad.

A veces podemos escuchar su llamado detrás de nuestra cabeza, como un mensaje ante el cual podemos decidir si actuar o no (como un último grado de agencia que nos quede) y que sencillamente nos abandonará si así llega a creerlo preciso.

Podemos ponernos a su servicio y llegar a trabajar verdaderamente con nuestro interior hasta que este se vuelva independiente y fluya fuera nuestro. Así mismo, nos haremos independientes también. Esa es nuestra maldición y bendición al mismo tiempo: una dislocación que rasgará la fábrica del ser.




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