At Home S/He Feels Like A Tourist: Un encierro junto a Gang of Four

En Los fantasmas de mi vida, al final de un capítulo sobre el segundo disco de los canadienses Junior BoysSo this is Goobye (2006, Domino), Mark Fisher comenta:

"En nuestra casa hoy todos somos turistas, tanto en el sentido de que estamos permanentemente en movimiento como en el sentido de que tenemos el mundo entero a nuestro alcance a través de la red. Si los mejores discos de Sinatra, como las pinturas de Hopper, trataron sobre el modo en que la experiencia urbana produce nuevas formas de aislamiento (y también: que esos momentos privados mediados masivamente son el único modo de conexión afectiva en un mundo fragmentado), entonces So This is Goodbye es la respuesta al lugar común ciberespacial de que, con la red, incluso los puntos más remotos pueden estar conectados (y también: que esas conexiones a menudo equivalen a una comunión de almas solitarias)".  [1]


La pandemia y el encierro, desde 2020 hasta este 2021 y sumando implacablemente, nos han hecho sentir ese turismo permanente y constante en la carne (vehículo y pista de tránsito a la vez), en nuestras mentes descargadas, volcadas en la red, aislada en dispositivos que funcionan como medios primarios de interacción y conexión -el mismo libro citado arriba lo leí a través de mi pc, en una versión en PDF que me pasaron, probablemente escaneada ilegalmente, aprovechando el claustro-, lugar por donde fluimos a una velocidad que cada vez nos cuesta procesar más y se nos adelanta, que nos moldea y cambia, pieza a pieza, intercambiando fragmentos diminutos de forma imperceptible. Nuestro cerebro ya no es el mismo y seguirá cambiando. La vivencia en aparatos, tan hogares como el lugar físico que pone un techo, si tenemos suerte, sobre nuestras cabezas, es en si misma un transito por un no-lugar. Pantallas, que no casualmente tienen forma de ventana, como zonas de paso. Hyperconectividad intermitente, fugaz. Golpeteo neuroquímico de droga. Todas las casas del mundo desvanecidas en espesa neblina. Se forma un enorme complejo de viviendas que comparten un mismo territorio, pero que están inevitablemente separadas, conectadas por las mismas vayas que las dividen, asentadas en un cableado subterráneo que recorre todos los mares del planeta, donde todo el tiempo es tiempo libre y toda actividad de recreación es trabajo. Soledad y cansancio a escala planetaria. Google Earth.

Con todo esto, no puedo evitar pensar en uno de mis discos favoritos, que tantos plays ha acumulado en habitaciones y fiestas ahora imposibles, y una de sus canciones en particular. At Home He's A Tourist fue uno de los dos singles lanzados para adelantar el aclamado (por la prensa en su momento, por mi y varias amistades desde hace unos años) Entertainment!, primer disco de la influyente banda post-punk Gang of Four. Publicado por EMI en 1979, adorado por la crítica por su mezcla artsy de los sonidos más desarmados del punk con ritmos frenéticos de corte funk y dub, y contando con más de 100.000 copias vendidas en la actualidad solo en el Reino Unido, la marca que dejó este debut se siente hasta los días de hoy, con gran cantidad de contemporáneas como Shopping, Blood Sport (no por casualidad ambas inglesas) o Dolorio y Los Tunantes (de Chile) trazando sus pasos, regurgitando sus riffs, bañándose en su impronta (a veces con reverencia, otras más desde una posición iconoclasta que intenta romperla) y buscando expandir el sonido que dejaron plasmado en el, así como en la gran cantidad de discos que vendrían después. Incluso yo tuve una banda, Albania, que formó parte inicial de su sonido pensando en su debut y el que le prosiguió, Solid Gold (1981, EMI) -al cual se le hizo un homenaje con la portada del único lanzamiento que logramos, un demo-, toda una empresa que reflejaba ese eco que resuena y rebota en distintas latitudes de latinoamérica desde su proyección acústica en el norte global siempre abalanzándose ferozmente hacia abajo: el ruido de los polvorosos pies arrastrados lentamente por punks cansados yendo a laburar otra vez, el dispar goteo de los baños en los que nos encerramos para jugar a escapar unos minutos, el pulsar de las teclas y el sonido de las notificaciones saturando las cloacas que unen todas nuestras mentes. At Home He's A Tourist alcanzó el lugar 58 en la UK Singles Chart en su año de publicación, 1979, y el lugar 52 en la lista "100 Greatest Guitar Tracks" de la revista Q.


El enfoque original de la canción hacía alusión a la vida proletaria de fines de los 70 en el Inglaterra, pero es fácil poder homologar los pensamientos que contiene con la vida contemporánea. Gran parte de su éxito y celebración en estos días tiene que ver con el cómo se ha mantenido actual a pesar de los más de 40 años que lleva en existencia. Seguimos sintiendo la carga de la inutilidad de la rutina colgándonos del cuello. La resignación reina aún y todavía nos retraemos enormemente, solo que cambiamos la mirada y las circunstancias en las que lo hacemos. Habitamos una pesadumbre retrocrónica. Nos parece que lo que tenemos sobre los hombros es distinto, que nuestros pies están en otra zona. La inutilidad rutinaria se vuelve la deriva virtual por páginas de memes, videos que hemos visto miles de veces, virales poco interesantes, el ejercicio agotador de movernos como autómatas, con el peso del cuerpo concentrado en el dedo que baja por el scroll infinito, nos resignamos a que lo que nos ofrecen es lo que hay, limitándonos a las parrillas de Netflix, Crunchyroll y, recientemente, Dinsey+ y Paramount+, que aún siendo prosumers, trabajándole una enorme cantidad de horas no remuneradas a tantas plataformas, nuestra producción se termina limitando siempre a los deseos de estas empresas, que actualizan continuamente sus pautas y normativas, siempre, jurándolo, por nuestro bien (¿lo hacían de forma distinta la industria de la televisión, el cine, sus empresas y su monopolio cultural anglosajón?). Es estatismo con ilusión de no serlo. Ahora, nos retraemos a nuestros perfiles: nos encerramos en los cuadros de las fotos de perfil, las historias, los avatares que creamos, el contenido que compartimos (e incluso el que no). Todos estos momentos que se podrían pensar como instancias de ocio se han fundido estrechamente con los mecanismo y las ideas del trabajo, lo que ha permitido que el agotamientos y el entumecimiento emocional se expanda. La carretera supersónica por la que andamos velozmente no necesariamente nos está llevando hacia un lugar nuevo ni mejor, pero de todas formas avanzamos, mirando por la ventana, soñando con explorar cualquier atisbo de desvío que aparezca por el camino. Parece ser mejor que no moverse.

Este sencillo, en su época el reflejo de las enormes potencias aún por liberarse contenidas en el efervescente y, entonces, juvenil sonido del post-punk, hoy es muestra de todo aquello que no sucedió, un cúmulo glorioso de fracasos posados sobre un plinto entelarañado, de como nuestras mentes se han quedando rondando por los mismos espacios, divagando compulsivamente, catatónicas, avanzando sin avanzar, acelerando hacia ninguna parte, en una trotadora vieja que disfruta moverse en su quietud simplemente porque no sabe hacer otra cosa (y se felicita por ello). ¿Cómo saber si algo más era posible? Los ritmos quebrados han pasado de ser síntomas excitantes a la enfermedad misma, la cual deja marcas en toda carne que la padezca. El bajo galopante resuena ahora en ruinas de lugares perdidos donde ya no hay fiestas -la cancelación de los rave se siente a nivel subdermal, lugar por donde el virus se mueve después de ingresar-, la guitarra fragmentada cumplió, para bien o para mal, su ominoso augurio de disociación y la acechante batería de brillo metálico parece haberse vuelto una máquina de ritmos descompuesta que mueve nuestros cuerpos -con estos instrumentos como extensión suya- de forma automática, ya no hacia las fábricas, si no que hacia aplicaciones y plataformas con sus precarias promesas salariales y falsa independencia laboral. Estamos en casa, pero los pies siguen su arrastre, serpenteando como el grasiento índice sobre las superficies touch. Las alarmas de las fábricas se apagan y solo va quedando el sonido de los pops y las vibraciones de las notificaciones, sonidos más ligeros, pero también más punzantes en su insesante ajetreo. ¿Se habrán perdido para siempre todas las promesas? 

He fills his head with culture
He gives himself an ulcer


Andy Gill, guitarrista, vocalista, escritor y único miembro original que quedaba en la banda hasta la hora de su muerte este lejano 2020, transmite, a través de su cansado e irónico diálogo, ese canto que se siente como una conversación en una calla agolpada de un centro urbano, el claustrofóbico ajetreo del obrero que trabaja y consume, produce y derrocha en un bucle de retroalimentación positiva, destruyéndose los nervios, carcomiéndose. He gives himself an ulcer. El daño del ácido estomacal al tracto digestivo es un acto de autofagia que performa el trabajador de manera automática al infectarse. No puede evitarlo, escarba como un insecto bajo la tierra buscando filtrar el sol. Una herida como marca de la esperanza que se niega a morir.

Su voz misma está encerrada en los surcos del vinilo, atrapada, reproducida un mes después en cinta, en los 90 como archivos digitales contenidos en CD y, finalmente, en diversas plataformas de streaming, como un fantasma moviéndose entre formatos, viajero solitario que recorre sin pertenecer a ningún lado y sin realmente moverse más allá de ese primer paso de la garganta al micrófono, estancado en un pozo oscuro, húmedo, en donde reverbera su eco que finalmente llega a nuestros oídos gracias a las maravillas de la industria cultural. A veces escuchamos atentamente, otras no es más que ruido de fondo. Difícil es concentrarse cuando se nos demanda continuamente nuestro tiempo, cuando se nos llena de publicidad disfrazada como contenido que aparece orgánicamente en nuestra línea de tiempo, con sonidos e imágenes saturando sentidos hasta que se le desecha por otra, más increíble, más llamativa que la anterior. Mejores prospectos, mejores promesas, mejores futuros.



Ante estas sensaciones tan fuertes, parasitando viscosamente nuestro pecho y que pueden provocar desde angustia hasta un melancólico derrotismo, es normal buscar alguna ruta de escape, por mucho que terminen siendo no más que una ilusión poco efectiva. La tecnología nos ha entregado nuevas formas de encierro dentro de un frenesí cultural, desde IMVU hasta Animal Crossing, además de nuevas formas de repensar el cuerpo, las relaciones y sus posibilidades. Tenemos raves desde nuestra casa en Minecraft y Habbo, recorremos cielos y planicies extensas en Breath of the Wild o Monster Hunter, tenemos sesiones a través de Discord en las que nos enlazamos intermitentemente diversos artículos de Wikipedia para después recorrer ciudades utilizando Google Maps, descubriendo cosas que antes nos eran desconocidas o revisitando viejos lugares que permanecen detenidos en el tiempo. El cuerpo se llena y está pronto a vomitar en cualquier momento.



To help you cover
All the rubbers you hide
In your top left pocket

La ansiedad social del hombre escondiendo torpemente su condón es transfigurada en la imagen del hombre que esconde pornografía en carpetas ocultas en su aparato de preferencia, que oculta desagradables misterios en carpetas de Drive, en numerosos archivos .rar y .zip, pero al cual, inevitablemente, se le termina escapando un like, se le termina filtrando una porción de su intimidad, dando cuenta de como todo aquello que creía privado es mucho más público de lo esperado, mostrando en su esplendor la gran plaza que es internet, el inmenso ágora que ha formado la red. Por mucho que filtres y uses un VPN que viste promocionar a algún YouTuber, ¿qué tanto te pudes esconder? ¿qué tanto quieres hacerlo realmente, qué tanto esperas que el resto lo haga? ¿cómo afectaría nuestra experiencia en la web y nuestras formas de relacionarnos?  Después de todo, nos han formado como voyeurs por excelencia: el dedo se desliza por las historias (de Instagram, Facebook, YouTube, Twitter y pronto otros sitios que adoptarán, de mejor o peor forma, este formato) como si estuviese revisando un catálogo de productos, siempre nuevos, siempre lo último, siempre lo mismo. Es difícil saber si algo se oculta más allá de aquello que escondemos (o creemos esconder). El parche curita en nuestra web cam se muestra como inútil, pero aún así nos negamos a sacarlo.

Two steps forward
Six steps back

Agotamiento rutinario puro, cuerpo desgastado arrojado a lo vano, cerebro palpitante deseoso de explotar, cansándonos de cansarnos en la inquietante comodidad de la casa y lo familiarmente no-familiar. Produciendo continuamente, incluso en el descanso, con las presiones de aprovechar nuestro tiempo, de exprimir minutos y segundos extra, con el acecho de esas grandes figuras y sus magnas obras que desarrollaron durante un encierro, entre cárceles y plagas. ¡La gloria también te espera a ti! ¿Quién sabe? Quizá esté a solo una TED Talk de distancia.

At home s/he feels like a tourist

La gente se agolpa en una masa solitaria. Las desgastantes vacaciones se extienden indefinidamente dentro de cuatro paredes, en tiempos donde trabajo y ocio no se separan de la misma forma que antes, en donde empleadores nos tienen a disposición en jornadas laborales extendidas gracias a los mensajes de WhatsApp que envían después del termino oficial del horario o los correos que llegan, urgentes, a altas horas de la noche y no te dejan disfrutar aquel contenido que con tantas ansias consumes a través de streaming, arrendándolo sin poseerlo realmente (porque todo se ha vuelto un Blockbuster gigante). Pero tú lo entiendes, ¿no? Después de todo, estamos en una situación especial, donde todo es tan efímero como ese mismo contenido arrendado (sujeto a ser retirado en cualquier momento). Pronto regresaremos a lo que considerábamos normal. Claro, si es que nos queda algún hogar al que regresar, si es que hogar, un concepto cada vez más elusivo, sigue significando lo mismo.


Pero no quiero que esto se entienda como un ataque a la malvada tecnología, tan demonizada y mal abordada en asquerosos filmes como The Social Dilemma (que no es más que gente con poder sintiendo autocompasión mientras exclaman: ¡oh, no sabía que esto podría suceder!; sobándose la espalda, desplazando la culpa e ignorando las estructuras que permitieron y permiten que las compañías retratadas actúen de la forma en que lo hacen). Más bien, es una consideración de su funcionamiento en la actualidad, que es solo una de las tantas formas que puede llegar a tomar. Los campos para la especulación, ejercicio normalmente asumido por el poder, pero no posesión suya ni menos indisociable de su entidad, siguen abiertos. Solo es necesario entender donde nos situamos, cual es el perímetro que nos rodea, para así poder empezar a quitar ciertas obstrucciones del camino. Aún podemos emocionarnos por el futuro. Quiero pensar en los sentimientos presentes en canciones como "Porke soy punk" [2] o "Jode lo más ke puedas" [3] de DHK y ver cuánto podemos proyectar, manipular y estirar esos discursos, en dónde podemos resituarlos, encausarlos y redirigirlos, pero sin cambiar una ilusión por otra y dejando de autoengañarnos creyendo que así podremos sostener por más tiempo una efímera, vaga y débil sensación del placer más pálido jamás pensado. 


Small step for him
Big jump for me

Aún con el general corte no muy festivo de lo que he escrito hasta acá, postulo estas palabras más como una invitación al replanteamiento, hacia la exploración más abierta y audaz, que una simple navegación muda y quieta entre la bruma, con el cuerpo completamente detenido dentro de la máquina, las piernas en el asiento, los brazos y las cabezas sin salir por las ventanas. Cuando no podemos evitar el encierro, no nos queda otra que arrojarnos de cualquier forma posible y experimentar con nuevas formas de encerrarnos, nuevos mecanismos, formar realidad a través de la la teorización de las cosas y su emplazamiento en prácticas ajenas, jugar con los límites y las paredes, hacer metalurgia, moldear concreto, levantar cercos, murallas, poner en práctica las horas perdidas en los juegos de celular tipo Sim City y las infancias construidas a base de bloques de Lego, ejercicio previo a la vida en las frías cadenas de ensamblaje.

Las investigaciones de la profesora especializada en estudios de la Sociedad Civil y Entornos Digitales, Gina Rosales, la llevaron a buscar una poly-tica que desencadenara nuevas visiones y realidades dentro de lo posible actual, nuevas percepciones de la realidad, trascendiendo ya la manifestaciones fantasmales que recorren cansadas el ciberespacio, queriendo concretar nuevos medios efectivos para disipar la densa niebla que nos envuelve y concretar proyectos que nos catapulten con veloz energía hacia verdaderos canales de comunicación o incluso salidas por ahora ocultas y desconocidas, inspirada por las ideas de nuevos mundos posibles "aquí y ahora" de Felix Guattari, y proponiendo una incesante navegación por mecanismos contradictorios y caóticos, por la utilización de artefactos que pudiesen liberar aquello que el Capital vela y hace creer como inexistente, cuando no es más que una fuerza que se escabulle y divaga al no tener aún vías para poder aterrizar, descargarse y actualizar/se/nos [4]. Las circunstancias a las que lleguemos a través de todo esto podrían llevarnos a la necesidad de criar insectos y de darles hábitat en todo lugar en los que nos asentemos para dejar que nos parasiten. Sabemos que allá afuera ya hay gente preparando el terreno idóneo para ello, poniendo una milla de cruces sobre el pavimento [5]. Y si no, las inventaremos. Nunca hemos tenido problema con ello.

No se ha agotado la posibilidad de desempolvar viejos artefactos culturales e intentar mapear territorios no recorridos, proposiciones aún no desvanecidas, posibilidades fugaces, ramificaciones vehiculares, ver donde se delimitan las zonas y cuáles de aquellas que yacen muertas se pueden resucitar, revisar y revolver archivos de textos, imágenes y samples varios (¡tomados a la fuerza si es necesario!), buscar los puntos donde se establecen las cercas, cualquier hendidura por donde insertar navajas y hacer caer martillos. Navegar por las corrientes transoceánicas de ese mareante diálogo entre mapa y territorio nos puede ayudar a entender todo lo que quede fuera, todo eso que aguarda latente, volcánicamente inactivo, y a encontrar pequeñas fisuras que hagan aparecer algo verdaderamente nuevo, desplazando el lugar de lo humano, repensado una vez dado por concluido su tiempo, reabriendo la historia, avanzando entre inconsistencias y contradicciones, las mismas que permean este texto de principio a fin. Aún podemos abrirnos a la aventura. Podemos ser turistas de otra forma.

[1] Mark Fisher, Los fantasmas de mi vida. Argentina: Caja Negra, 2018, p. 226.
[2] DHK, Extinción. UK: Alta Intensidaz Tapes, 2011, Track A4.
[3] DHK, Odio Tu Kumbia Moderna. US: Hysteria, 2014, Track B2.
[4] Gina Rosales, Diseño de Experimentos en Tecnodiversidad. Santiago: Concéntrica, 2011, p. 127.
[5] Lotty Rosenfeld, Una milla de cruces sobre el pavimento. 1979.

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