Notas sobre Cultura: ¿un concepto reaccionario? de Félix Guattari y Suely Rolnik
Es inevitable que existan corrientes culturales chocando constantemente en un proceso por sobreponerse y ocupar un lugar dentro de la estructura capital, que lo incentiva. No pueden existir de una forma plana, se insertan como redes interconectadas de flujo constante y este flujo está insertado en una estructura que lo guía, una estructura flexible que se acomoda en función de su propia mantención. Para seguir existiendo, tomará la forma que le sea más útil y con esto irá moldeando el flujo que cruce por ella.
El estatus que puede entregar la cultura no es más que un accesorio temporal y ciertamente no algo estático, inamovible. El problema es que cualquier iteración no promete ser algo mejor.
La cultura es algo que se establece a través de su performatividad continua y este actuar está enclaustrado dentro de una zona designada en la que se intenta controlar cualquier derrame hacia otros espacios -se trata de lo que no te dispones a hacer, es oposición-. El Estado tiene herramientas para hacer funcionar esto con una serie de equipos y funcionamientos que manejan la producción y circulación de la cultura como producto, y que también condicionan todas las manifestaciones que nacen en reacción. Incluso lo que nos puede parecer un escape, la mal llamada contracultura, tiene su cubículo especial designado, canaletas por las cuales hasta la más pequeña gota es controlada.
Todo brote nuevo que aparezca está inevitablemente enlazado a uno que apareció anteriormente, que se empieza de a poco a sepultar, luchando por mantenerse y resurgir, formando un ciclo que no tiene utilidad más allá de su propio funcionamiento. La rueda está para moverse.
Hay movimientos de liberación que buscan utilizar la cultura, su cultura, perdedora en el juego en que el capital la inserta, su propia identidad, construida en resistencia y oposición a una cultura dominante, buscando su mantención, como canal de emancipación y control de su producción de significados. Esto se vuelve una forma de sobrevivir que podría llegar a no tener fin más que la lucha en sí, jamás la victoria.
“En el fondo, sólo hay una cultura: la capitalística. Es una cultura siempre etnocéntrica e intelectocéntrica (o logocéntrica), ya que separa los universos semióticos de las producciones subjetivas”.
El capital tiene la tendencia a estratificar y esterilizar, la única forma de liberar a la cultura y a la gente compartimentada en cada uno de sus distintos estratos de esto es logrando una salida efectiva, alejada de tibias ilusiones. La cultura necesita escapar de todo en lo que se le ha transformado o seguir en curso en su destino. Puede existir actualmente como un organismo vivo controlado, pero es posible que su dirección la lleve justamente a lo que no puede ser hoy: un campo plano desolado. Cualquier salida, no estaría en ninguno de estos extremos. Hay que ver más allá, hacia afuera. Si algo podemos vislumbrar que logre alejarse de todo esto, quizá está en el exceso, en lo chorreante capaz de gotear a través de las grietas. Sin dudas, la producción incesante y su relación con los límites es un buen lugar donde poner el ojo. Liberación de la singularidad.

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