Nicolas Bourriaud - Postproducción

La cultura como escenario: modos en el que el arte reprograma el mundo contemporáneo

Las formas de pensar el arte y de relacionarse con el son cosas que van mutando constantemente, abarcando siempre distintas áreas y propuestas. Hay obras que, incluso, buscan borrar las líneas entre artista y espectador, como pasa en muchos happenings, o entre productor y consumidor, como podría mostrarse en la cultura DJ. El artista va constantemente cruzando la separación entre ambas zonas. En el área de la postproducción, el artista es tanto quien consume, rescata y organiza, como quien produce, propone y resignifica. Busca y utiliza el material a su disposición para generar nuevos discursos, a la vez que continúa con un diálogo que viene desde atrás, desde historias locales y personales (entendiendo que alcanzar una universal seria complejo y casi un ejercicio inútil), pero sin hacer apología a estas, como quien forma constelaciones a partir de las estrellas.

La acumulación de objetos, de información, la posesión y el consumo forman parte patente del cotidiano. La psicoesfera se rebalsa. Por lo mismo, es lógico que el arte actual tome esto como punto de partida para generar obras, para dialogar con su mundo y proponer cuestiones desde ahí.




El crítico e historiador de arte Nicolas Bourriaud se centra en su libro en los métodos de producción terciarios, ya alejados de la manipulación de materias primas. Lo que le interesa, porque es el reflejo de una gran cantidad de artistas en el mundo actual, es como se trabajan objetos pre-existentes, como se utiliza una producción que podría llamarse ajena, y se lleva a otro contexto, se replantea, se interviene y se transforma a manos de artistas como George AdeagboRirkrit Tiravanija, Jason Rhoades y Haim Steinbach, por nombras unos pocos. El arte le da una nueva forma y peso a estos procesos y producciones. No importa tanto el origen, la mitología, como el destino, el qué se hace, el uso. Se toman las condiciones actuales, sus materialidades, y se propone una divergencia.

A pesar de toda la historia que tienen las vanguardias, con varias ya cumpliendo 100 años, conceptos como el de autoría todavía están en discusión y todavía se deben desafiar, porque las industrias se alimentan de ello y siguen poniendo al "autor original" en un altar, sobre todo teniendo en cuenta el nivel del culto a la imagen que existe en la actualidad. Trabajos que co-opten estas lógicas y las ironicen o invisibilicen son nutritivas para el discurso del arte moderno, como se da en el trabajo de Richard Prince, que también busca destacar la existencia de lo mundano, lo banal y lo cotidiano, algo que no es nuevo, pero que adquiere un nuevo significado en la era de la hiperinformación, buscando resaltar lo relacional, los caminos de conexión y la selección de recorridos ante lo abrumador de las infinitas, o presentadas como infinitas, posibilidades.

El arte que entra en juego con la postproducción se propone destacar las relaciones que nacen del consumo, planteando el consumo como una excusa para la relación humana, para el intercambio más allá de dinero y productos. Estos productos se resitúan y presentan "no en tanto que objetos, lo que implicaría caer en la trampa de la reificación, sino en tanto que soportes de experiencias". Buscan separar estas producciones del espectáculo y presentar la experiencia pura, la conexión, la vida más allá de manifestaciones calculadas milimetricamente y ficciones que existen solo para ser retransmitida en un eco que se retroalimenta constantemente. Vuelven física una realidad representada como inmaterial, que desde la ficción se nos construye así.

No se utiliza solo la cita obvia, también la manipulación total de las forma, su reapropación. Esto es algo que se vive constantemente en la era actual, en el funcionamiento de internet en el siglo XXI: Clips subidos y resubidos, cortados y manipulados en YouTube, memes reposteados, editados y alterados, pantallazos de Twitter e Instagram recirculando en plataformas ajenas, circuitos entrecruzados a mano de los prosumers, los productores-consumidores de la Web 2.0. Todas estas producciones dialogan con distintas plataformas, participando en distintos contextos, muchas veces sin una autoría particular.  Incluso, los intentos por añadir marcas de agua o similares han sido apropiados e ironizados. Los cut-up de Burroughs y Gysin han sido completamente absorbidos en la cultura contemporánea. Los recortes de Mike Kelley se vuelven su "figura principal". Atrás quedan Baudrillard y su grito por la muerte del arte ante la confusión entre la realidad y su imagen, así como Benjamin y sus clamas sobre el aura y la reproductibilidad, tan esencialistas como ingenuas. El mismo Bourriaud hace un gran recorte, mezcla y selección de artistas, un revoltijo de obras y propuestas, yendo hacia todos lados, incitando a la investigación constante para unir los hilos de la narrativa que desarrolla. Su eclecticismo brota y se ramifica incesantemente, llegando incluso a aturdir o marear entre tantas vueltas, pero lo hace tanto como los mismos medios masivos, entrando en perfecto diálogo con ellos.

Aunque algunas persona su puedan perder entre la jerga y la constante deriva (sobre todo en la segunda mitad), el libro se establece como un mapa claro, que se traza con cuidado, de la producción artística del siglo XXI. Estas producciones no funcionan como casos aislados, forman parte de una misma narrativa de signos que dialogan, que se disponen para desnudar, ironizar y entrelazar.

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